Cuando un Estado pequeño pero rico decide que la alineación automática con Washington o con Riad ya no le sirve, enfrenta un dilema que América Latina conoce bien: cómo construir autonomía sin quedar aislado, cómo diversificar alianzas sin perder credibilidad con ninguna.
Los Emiratos Árabes Unidos están en ese punto de quiebre. Según análisis reciente de Foreign Affairs, Abu Dabi está explorando una estrategia de independencia relativa en un Oriente Medio donde la guerra en Yemen, la tensión con Irán y la competencia entre potencias regionales han reconfigurado el tablero. No es un giro ideológico. Es pragmatismo de supervivencia.
La autonomía como lujo de potencias medias
Durante dos décadas, los EAU funcionaron como socio confiable de Washington en la región. Acceso a tecnología militar, inversión estadounidense, legitimidad internacional. A cambio: alineación en cuestiones de seguridad, participación en coaliciones contra Irán, coordinación en el Golfo Pérsico. Era un arreglo que funcionaba mientras la amenaza iraní parecía monolítica y la estabilidad del petróleo era garantizada.
Pero el contexto cambió. La retirada estadounidense de Afganistán, la renegociación del acuerdo nuclear con Irán (aunque frágil), la emergencia de China como inversor y socio comercial en el Golfo, y la propia fragmentación del mundo árabe han erosionado los supuestos de esa alianza. Los EAU descubrieron que podían hacer negocios con Irán sin romper con Washington, que podían recibir inversión china sin ser catalogados de “pro-Beijing”, que podían mantener relaciones con Israel sin sacrificar legitimidad en el mundo árabe.
En otras palabras: descubrieron que el mundo multipolar les da opciones.
La lección para la región andina
Aquí es donde el caso emiratí toca a Colombia y la región. Durante los últimos quince años, la diplomacia colombiana ha oscilado entre dos polos: alineación atlantista (Washington, OTAN, alianzas occidentales) y búsqueda de autonomía regional (ALBA, CELAC, diálogo con China). Hemos visto gobiernos que priorizan la relación bilateral con EE.UU. por encima de la integración andina, y gobiernos que buscan “multipolaridad” pero terminan dependiendo de Venezuela o China.
Los EAU nos muestran que la autonomía estratégica no es un lujo ideológico. Es una necesidad económica y de seguridad. Pero también que la autonomía requiere capacidades: reservas financieras, diversificación económica, tecnología, infraestructura. No es suficiente con declararse “no alineado”.
Colombia tiene fortalezas que los EAU no tienen: democracia institucional, estabilidad constitucional, acceso a mercados occidentales a través de tratados comerciales. Pero también tiene debilidades que los EAU superaron: dependencia de commodities, instituciones judiciales débiles, presencia limitada en mercados asiáticos.
El riesgo de la autonomía sin capacidad
Aquí viene la advertencia. Los EAU pueden permitirse cierto grado de independencia porque tienen petróleo, porque invirtieron en diversificación económica (turismo, finanzas, logística), porque construyeron capacidades militares propias. Cuando Abu Dabi negocia con Irán, no lo hace desde la debilidad. Lo hace desde una posición de poder relativo.
Colombia, en cambio, ha intentado autonomía sin construir las capacidades que la sostienen. Hemos buscado “independencia” de Washington reduciendo cooperación militar, pero sin invertir en defensa propia. Hemos buscado “multipolaridad” acercándonos a China, pero sin diversificar nuestras exportaciones más allá de petróleo y café. Hemos buscado “integración andina” mientras permitimos que Venezuela colapse y que Perú se desestabilice.
La lección emiratí es que la autonomía estratégica es posible, pero requiere una base material. No es un acto de voluntad política. Es el resultado de decisiones de largo plazo sobre inversión, instituciones y capacidades.
Hacia una autonomía realista
¿Qué significaría esto para Colombia? Primero, reconocer que la alineación atlantista no es una capitulación, sino una opción racional mientras construimos capacidades alternativas. Los EAU no rompieron con Washington; simplemente agregaron socios. Segundo, invertir en diversificación económica real: no solo en tecnología o finanzas (que requieren capital que no tenemos), sino en manufactura, agroindustria, logística regional. Tercero, fortalecer instituciones judiciales y de seguridad, porque la autonomía sin Estado de derecho es solo anarquía.
Los EAU están jugando un juego de largo plazo. Están construyendo capacidades mientras negocian en el presente. Colombia podría aprender de esa paciencia.
Lo que no podemos hacer es confundir autonomía con aislamiento, ni multipolaridad con oportunismo. El mundo no premia a los Estados que cambian de alianzas cada seis meses según el viento político. Premia a los que construyen capacidades, mantienen instituciones y negocian desde la fortaleza.
Los Emiratos Árabes lo entendieron. La pregunta es si nosotros también.