Venezuela está atrayendo de nuevo a sus propios exiliados. No como turistas o para cerrar ciclos familiares, sino como inversores. El patrón es claro: profesionales que emigraron durante la crisis vuelven con capital y experiencia internacional para montar negocios.
El caso que reporta La República ilustra un fenómeno más amplio. Estos emprendedores no ignoran la realidad política ni institucional del país. Apuestan, en cambio, a nichos específicos donde el vacío de oferta es tan profundo que el riesgo país parece secundario frente a la oportunidad.
Lo que importa aquí es distinguir: esto no es un endorso al régimen ni una señal de que “todo va bien” en Venezuela. Es, más bien, un indicador de que ciertos segmentos ven grietas en las que operar. La pregunta incómoda es si esa apertura económica relativa que algunos observan en Caracas es sostenible o es solo un respiro temporal antes de nuevas restricciones.
Para Colombia, esto tiene implicaciones. Históricamente, los flujos migratorios son vectores de información económica y de confianza. Si profesionales calificados comienzan a reinvertir en Venezuela en lugar de consolidar negocios en Cali o Bogotá, podría cambiar la dinámica de dónde se canaliza talento y capital en la región. Aún es temprano para hablar de un movimiento de retorno masivo, pero el patrón vale la pena seguir.