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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 14 jun 2026

Escocia gana con sudor y suerte el partido que Haití mereció empatar

El 0-1 en Boston deja una pregunta incómoda: ¿qué justifica la victoria cuando el mérito reside del otro lado?

Escocia gana con sudor y suerte el partido que Haití mereció empatar — Deportes, ilustración editorial

¿Puede una nación escribir su historia con un gol de rebote y noventa minutos de resistencia atrás? La pregunta no es retórica: Escocia inauguró su Mundial 2026 con un 0-1 ante Haití que, leído en frío, parece gesta; visto en directo, huele a sobrevivencia. John McGinn anotó al minuto 28 tras un disparo desviado que la defensa caribeña devolvió de frente, y los hombres de Steve Clarke se dedicaron desde entonces a defender el botín como quien protege una fortuna heredada sin saber contarla.

Haití llegaba a Boston tras cincuenta y dos años de ausencia, y eso se notó menos de lo que los cronistas predecimos. Los de Sébastien Migné salieron sin complejos, con Jean-Ricner Bellegarde ordenando el centro del campo y Ruben Providence asomando por las bandas con la velocidad de quien tiene poco que perder. La ansiedad los traicionó en el último pase, es cierto, pero la estructura del juego fue suya en tramos largos. Frantzdy Pierrot, rematador del Antwerp, tuvo en sus cabezas la historia: la primera, desviada por poco al 85; la segunda, ya en el tramo final, también fuera por centímetros. Tocqueville escribió que en la democracia el pueblo quiere ser gobernado por el mérito, pero acepta el azar. Haití, esta vez, no aceptó; simplemente lo sufrió.

La victoria escocesa ilustra una paradoja recurrente en el fútbol de selecciones, y que Karl Popper habría reconocido en su lógica de conjeturas y refutaciones: un sistema puede sostenerse sin demostrar su superioridad, bastándole con no ser derribado. Escocia no dominó; se limitó a no colapsar. Ben Gannon-Doak, lateral con proyección, fue su único vértice ofensivo creíble, mientras Scott McTominay y McGinn se replegaban a formar una línea de cinco sin balón. Es fútbol de resultados, eficaz como método, pobre como argumento. El problema no es el estilo en sí —cada selección juega con lo que tiene— sino la confusión entre eficacia y justicia que suele acompañarlo. Los escoceses celebraban como si hubieran ganado con claridad; quizás celebraban porque sabían que no la tuvieron.

El formato de este Mundial, con cuarenta y ocho selecciones y ocho plazas para terceros, convierte cada punto en moneda de cambio. Escocia, que nunca superó la fase de grupos en ocho participaciones previas, ya se ve en dieciseisavos con ese pie y medio que otorgan tres puntos en un grupo donde Brasil y Marruecos empataron 1-1. La matemática la favorece; la memoria, no tanto. Los jugadores de Clarke son conscientes de que el sistema les permite prosperar sin brillar, y esa lucidez pragmática es también una forma de madurez. Pero hay madurez que envejece bien y madurez que se confunde con resignación.

Haití, por su parte, dejó una sensación agridulce que Hannah Arendt habría identificado como la condición del actor político moderno: actuar sin garantía de resultado. Los granaderos hicieron casi todo bien excepto el gol, y en el fútbol ese “casi” es el abismo. Lenny Joseph entró desde el banquillo con la reputación de goleador del Ferencvaros, pero ni él pudo torcer la estadística. La defensa escocesa, liderada por Grant Hanley y Jack Hendry, se multiplicó en el área con la determinación de quien sabe que un error lo paga con la eliminación. Fue, en su género, un ejercicio de virtud republicana: la res publica del área pequeña, defendida como bien común.

La lección del partido, si es que los partidos de fútbol la tienen, reside en la tensión entre el mérito deportivo y la arquitectura del torneo. Escocia ganó sin merecerlo del todo; Haití perdió sin merecerlo del todo. El sistema, mutatis mutandis, premia a quien no pierde más que a quien convence. No es una novedad, pero en un Mundial expandido a cuarenta y ocho selecciones la distorsión se magnifica. Las selecciones medianas aprenden que un empate contra un gigante o una victoria mínima contra un debutante pueden valer más que ochenta minutos de dominio estéril.

Escocia hará bien en no confundir el resultado con el pronóstico. Su próximo rival no será Haití, y las defensas que resisten sin balón encuentran sooner or later a un delantero que sabe romper el cerco. Clarke tiene razón al celebrar, pero también debería tenerla al preocuparse. Haití, por el contrario, sale del Estadio Boston con la certeza de que puede competir, y en el fútbol esa certeza es semilla que germina con más facilidad que el puntaje. Los caribeños llegaron a Norteamérica después de medio siglo; no se irán sin dejar huella, aunque la primera página haya quedado en blanco.

El fútbol, decía alguna vez Vargas Llosa, es la única religión que no tiene ateos. Pero tiene herejes, y este sábado en Boston la herejía fue creer que el mejor equipo ganó. La historia que Escocia escribe con esta victoria es, por ahora, borrador. Queda por ver si la tinta resiste el paso de los partidos, o si se disuelve en la lluvia de una eliminación que, vista desde aquí, no sería inmerecida.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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