El Aeropuerto Internacional Hartsfield-Jackson de Atlanta sigue siendo la terminal aérea más concurrida del mundo, con 106,3 millones de pasajeros. Un dato que refleja algo más que cifras: la concentración de infraestructura aeroportuaria de clase mundial en Estados Unidos.
Cuando hablamos de conectividad global, la geografía importa. Los cuatro aeropuertos estadounidenses entre los diez más transitados no son casualidad. Son resultado de décadas de inversión en infraestructura, desregulación del sector aéreo y posicionamiento estratégico como hub internacional. Atlanta, en particular, funciona como punto de conexión para toda América del Norte y es puerta de entrada a rutas hacia Asia y Europa.
Para el contexto colombiano, esto tiene implicaciones reales. Nuestros aeropuertos —Eldorado en Bogotá, La Dorada en Medellín— operan en un ecosistema donde la mayoría de las conexiones de largo alcance pasan por hubs estadounidenses. Eso significa tarifas más altas, tiempos de viaje más largos y menor competencia en rutas internacionales. La infraestructura aeroportuaria no es un tema técnico: es un factor que determina acceso a mercados, costos de logística y, en última instancia, competitividad económica.
La pregunta que debería inquietar a nuestros hacedores de política: ¿por qué Colombia no tiene un hub regional de envergadura? ¿Qué inversiones falta hacer en nuestras terminales para que alguna pueda competir en escala con Atlanta o Dallas? La respuesta no es corta, pero la ausencia de una estrategia clara al respecto sí es problemática.