Un dato que circula entre analistas de tecnología: los menores de 30 años perciben la IA más como amenaza que como herramienta. No es paranoia generacional. Es respuesta racional a un mercado laboral que ya está cambiando sin regulación clara.
La preocupación más visible es el reemplazo de empleos. Tiene fundamento. Empresas usan modelos de lenguaje para redacción, análisis de datos y atención al cliente. Posiciones que antes ocupaban juniors. Pero aquí viene lo incompleto: la historia de la tecnología muestra que destruye empleos específicos y crea otros. El problema no es la IA. Es que nadie está formando a esos jóvenes para los empleos que sí van a existir.
Lo que falta en el debate es quién paga la transición. Los gobiernos no tienen política clara. Las empresas no invierten en reentrenamiento. Las universidades dictan el mismo currículo de hace cinco años. Mientras tanto, un joven que estudió periodismo ve cómo una IA escribe resúmenes en segundos. No está equivocado en desconfiar. Está equivocado en pensar que solo hay riesgos.
El escepticismo de la Gen Z tiene un lado productivo: presiona a instituciones para que actúen. Pero si se queda en el miedo, pierde la oportunidad de exigir regulación inteligente, no prohibición. El verdadero riesgo no es la IA. Es que una generación entera la rechace sin aprender a usarla estratégicamente. Eso sí garantiza desempleo.