La teoría de la ventana rota lleva décadas explicando cómo el deterioro visible de lo público genera más deterioro. Un vidrio roto sin reparar invita al siguiente. Un muro sin mantenimiento se convierte en lienzo. Y cuando nadie lo frena, la apatía se contagia.
En Colombia eso no es solo urbanismo. Se volvió arena política.
Los grafitis en infraestructura pública dejaron de ser acto aislado de vandalismo para transformarse en síntoma de algo más grave: la captura de espacios comunes como territorio de disputa política. Muros que nadie limpia. Pintas que nadie sanciona. Un mensaje implícito de que la autoridad municipal o distrital no tiene control.
Eso importa porque afecta cómo los ciudadanos perciben el Estado. Si el gobierno no puede mantener un muro limpio en la esquina, ¿por qué confiar en que pueda garantizar seguridad o servicios básicos? La ventana rota no es solo suciedad. Es evidencia de abandono.
El riesgo es que el deterioro visual de la ciudad se use como narrativa política. Hay gobiernos locales que lo permiten porque les conviene el caos narrativo. Hay movimientos que lo incentivan como acto de ocupación simbólica. Y hay ciudadanos que simplemente se resignan porque sienten que el espacio público ya no es de ellos.
La pregunta no es cuánta pintura hay en los muros. Es quién decidió que esos muros ya no merecen mantenimiento. Eso sí merece escrutinio.