El fútbol tiene sus propios cronistas. No todos escriben sobre tácticas o estadísticas. Juan Villoro pertenece a otra tradición: la que ve en el balón redondo un espejo de deseos, contradicciones y pasiones que trascienden el campo.
Su libro “Dios es redondo” (Seix Barral) ganó el Premio Internacional Manuel Vázquez Montalbán en Barcelona. No es un tratado de historia deportiva ni un recuento de logros institucionales. Villoro hace algo más arriesgado: narra. Cruza la tertulia de bar con la reflexión ensayística. Cada crónica es una exploración de por qué millones de personas invierten emoción, dinero y tiempo en noventa minutos.
En Colombia conocemos bien esa pasión. Desde los clásicos hasta las eliminatorias, el fútbol es política sin instituciones, identidad sin papeles, comunidad sin burocracia. Por eso la lectura de Villoro importa aquí. No porque sea colombiano (no lo es), sino porque entiende que el fútbol no es un deporte: es un lenguaje. Y como todo lenguaje, cuenta historias sobre quiénes somos.
Para quien no siguió el hilo: en los últimos años, mientras la polarización política se intensificaba, el fútbol colombiano perdió capacidad de cohesión. Los clásicos se volvieron más violentos, no más pasionales. Las selecciones nacionales dejaron de generar esperanza colectiva. Leer a Villoro en este momento no es evasión. Es recordatorio de que el fútbol puede ser otra cosa: reflexión, no solo catarsis; narrativa, no solo resultado.