¿Qué distingue a los clubes que construyen dinastías de los que se disipan en una buena temporada? La pregunta, formulada en términos de filosofía política, parece pretenciosa cuando se aplica al fútbol. Sin embargo, el bicampeonato de Junior de Barranquilla —la estrella doce, conquistada en Medellín con el 3-1 global sobre Atlético Nacional— ofrece una respuesta que trasciende la cancha: la paciencia institucional como virtud cardenal en un país que la aborrece.
El partido de vuelta en el Atanasio Girardot fue, en sí mismo, un compendio de tensiones que Tocqueville habría reconocido. Nacional asumió el protagonismo con la urgencia de quien necesita revertir un 3-0; Junior, la resignación estratégica de quien defiende una res publica ya construida. El 1-0 local, obra de Edwin Cardona al minuto 56, encendió la ilusión de una remontada que nunca llegó. Alfredo Morelos estrelló un balón en el palo y falló un penal. La historia, como suele suceder, castigó al que más arriesgó sin método.
Pero el mérito del campeón no estuvo solo en resistir. Estuvo en haberse dado el lujo de resistir. El 3-0 de la ida no fue un accidente ni una explosión de talento individual: fue el resultado de un proceso que César Farías supo administrar con la frialdad de quien entiende que el fútbol, como la política, se juega en dos tiempos. Daniel Rivera, Jermein Peña y el arquero Mauro Silveira ejecutaron una estrategia defensiva que algunos llamarán antideportiva y otros, prudente. Los colombianos debemos aprender a distinguir entre la cautela cobarde y la cautela sabia; entre el retrógrado y el que sabe que no todo se resuelve en noventa minutos.
Nacional, con sus dieciocho títulos, sigue siendo el club más ganador del país. Esa hemeroteca de triunfos, sin embargo, no le garantizó esta final. La historia pesó en las gradas, no en el campo. El equipo verdolaga hizo todo lo que el manual del espectáculo exige: adelantó líneas, generó aproximaciones, tuvo “oportunidades claras”. Lo que no tuvo fue la contundencia que Junior exhibió en Barranquilla. El fútbol, en su crueldad democrática, no premia las intenciones sino los goles. Popper, si hubiera sido hincha de algún equipo, habría apreciado ese criterio de falsabilidad: una teoría del juego se demuestra en el marcador, no en la posesión del balón.
La pregunta que queda flotando es si este bicampeonato inaugura una era o simplemente corona un ciclo. Los proyectos duraderos en el fútbol colombiano son excepciones que confirman una regla de inestabilidad: técnicos que duran menos que un semestre, directivas que cambian con cada derrota, hinchadas que exigen resultados inmediatos como quien exige pan y circo sin distinguir entre ambos. Junior, en este contexto, ha sido una anomalía relativamente estable. No es poco.
El cierre de la temporada deja a Nacional con la tarea de reconstrucción —esa palabra que en Colombia usamos tanto y practicamos tan poco— y a Junior con el trofeo y la tentación de creerse invencible. La historia del fútbol está llena de equipos que confundieron un bicampeonato con un destino. La prueba verdadera comienza ahora, cuando la presión de ser favorito reemplaza a la presión de ser aspirante. Como decía el otro, mutatis mutandis: los títulos se ganan en la cancha, pero las dinastías se construyen en la oficina, en la cantera, en la paciencia de quienes entienden que el deporte profesional es, antes que nada, una institución.
Y las instituciones, a diferencia de los goles, no se celebran con fuegos artificiales: se sostienen con trabajo invisible.