¿Qué cuenta como verdadera apertura institucional? La pregunta, formulada con la precisión que amerita, surge al observar la trayectoria de Katia Itzel García en la Copa del Mundo de 2026: siete designaciones, una sola como árbitra central, las restantes como cuarta oficial. Los colombianos debemos resistir la tentación del triunfalismo fácil ante la mera presencia femenina en un torneo masculino, y preguntarnos en cambio si la estructura del poder arbitral está cambiando o simplemente adaptando su retórica.
García abrió un precedente real en la fase de grupos: al dirigir Túnez contra Países Bajos, se convirtió en la primera latinoamericana en arbitrar un partido mundialista masculino desde el centro del campo. Eso no es menor. Pero los números que siguen —seis apariciones como cuarta árbitra, incluyendo ahora el octavos de final entre Colombia y Suiza en Vancouver— dibujan un patrón que Tocqueville habría reconocido: la democracia formal que no altera las jerarquías sustantivas. La puerta se abre, pero el umbral permanece.
La trayectoria de la mexicana, nacida en Ciudad de México y profesional desde 2015, ilustra con claridad el doble filo de la representación. Su paso por la Liga MX Femenil, la Liga MX masculina y ahora el Mundial certifica una competencia técnica indiscutible. Sin embargo, como señala el registro del propio torneo, solo una de sus siete designaciones la sitúa en la posición de máxima autoridad decisoria. Las demás la colocan en un rol auxiliar, de gestión técnica y sustitución, lejos del instante en que el silbato define. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, advertía contra los ritos de inclusión que preservan intactas las estructuras de poder. La designación repetida como cuarta árbitra puede leerse, mutatis mutandis, como uno de esos ritos.
No se trata de menoscabar el mérito individual. García cumplió con solvencia documentada en la zona técnica del partido entre Argentina y Cabo Verde, y en su única centralización mostró tarjeta blanca: disciplina sin violencia simbólica, autoridad sin exhibicionismo punitivo. Pero el arbitraje, como la res publica en sentido estricto, se juzga también por la distribución de las funciones supremas. Hannah Arendt nos enseñó que el totalitarismo no siempre llega de golpe; a veces se instala en la normalización de las excepciones permanentes. La excepción de García como central —una sola vez en siete— corre el riesgo de normalizarse como techo invisible.
El contexto del partido Colombia-Suiza añade una ironía que prefiero señalar sin caricatura. La terna principal estará encabezada por el salvadoreño Iván Barton, con Sandra Ramírez como asistente de reserva. Dos mujeres, dos roles periféricos: una cuarta árbitra, una asistente de reserva. El progreso numérico es innegable; la geometría del poder, menos evidente. Cuando el gobierno —en este caso, la FIFA— anuncia cifras de inclusión, los colombianos debemos aplicar el mismo escrutinio que exigimos a las estadísticas oficiales de cualquier otra política pública.
Hay, eso sí, un reconocimiento puntual que corresponde hacer: la designación de García en octavos de final, con el torneo ya en su fase decisiva, indica que su evaluación técnica superó los prejuicios estructurales que suelen confinar a las árbitras en las rondas iniciales. El comité arbitral no la descartó cuando la presión aumentó. Eso es, al menos, una apertura operativa que merece notarse sin condescendencia.
Sin embargo, la pregunta central permanece abierta. ¿Es suficiente la presencia para hablar de transformación, o necesitamos también la distribución equitativa de los roles de mando? El arbitraje latinoamericano, tradicionalmente cerrado en redes de patronazgo masculino, enfrenta aquí su propio espejo. La historia de García no concluye en Vancouver; apenas comienza a escribirse. Lo que siga dependerá de si las designaciones futuras mantienen el ritmo de la única centralización, o si esta vuelve a ser la excepción que confirma una regla apenas modificada.
El partido se juega a las tres de la tarde, hora colombiana, en el BC Place. Los ojos seguirán el balón; los que observan instituciones deberían fijarse también en quién pita, quién decide, quién permanece en el borde del campo esperando que algo falle para intervenir. La metáfora, permitáseme, se impone con la fuerza de lo evidente.