¿Qué queda de un ídolo cuando su cuerpo ya no responde con la fidelidad de antes? La pregunta, que parece arrancada de una meditación senecana sobre la vejez, se plantea hoy con urgencia en el vestuario de Brasil, donde Neymar Jr. —convocado con lágrimas de felicidad hace apenas semanas— fue descartado para el debut mundialista contra Marruecos por una contusión en la pantorrilla. Carlo Ancelotti, técnico de la Canarinha, optó por la prudencia: el jugador está bien, dijo, pero no lo expondrán. La expectativa, agregó, es que reingrese la próxima semana.
La decisión merece examinarse con la frialdad que los aficionados suelen negarse a conceder. Ancelotti no renunció a Neymar por capricho táctico ni por castigo disciplinario; simplemente calculó que el riesgo de agravar la lesión superaba, mutatis mutandis, el beneficio de una aparición testimonial en el MetLife Stadium. Es el tipo de aritmética que los clubes europeos practican desde hace décadas —gestión de cargas, periodización, ciencia del rendimiento— pero que en las selecciones sudamericanas, ancladas a menudo en una cultura del sacrificio romántico, todavía choca contra la devoción popular. El italiano, formado en la escuela del fútbol industrial, impone allí una racionalidad que no todos celebrarán.
Sin embargo, la ausencia de Neymar no es un incidente aislado. Es el episodio más reciente de una carrera que Hannah Arendt, si hubiera escrito sobre deportes, habría descrito como paradigma del héroe moderno: construido por la espectacularidad, consumido por la expectativa, finalmente traicionado por la finitud del cuerpo. El brasileño acumula lesiones con la regularidad con que otros acumulan títulos. Cada convocatoria suya, desde hace años, arrastra la pregunta no de si jugará bien, sino de si jugará siquiera. Ancelotti lo llamó, recordó en conferencia de prensa, no solo por sus cualidades técnicas —“indiscutibles”— sino por la “experiencia y el ejemplo que puede representar para los jóvenes”. La frase, bien leída, contiene una resignación elegante: Neymar ya no es primero jugador, sino exemplum, figura moral para quienes todavía pueden correr sin que una pantorrilla se lo impida.
Esta transformación del ídolo activo en ídolo tutelar no es privativa de Brasil. Argentina vivió algo comparable con Messi, aunque la física del rosarino resultó más dócil a los designios de la gloria. Lo que distingue al caso brasileño es la carga simbólica de una camiseta que, desde Pelé, se ha confundido con la obligación de producir el espectáculo y el resultado. Neymar, a sus 34 años, debe ambas cosas y no puede entregar ninguna con continuidad. La lesión contra Marruecos lo priva del escenario donde más brilla; la posible reaparición contra Haití, el viernes 19, ocurrirá ante un adversario menor, en un partido donde la presión será distinta, donde la comparación con su propio esplendor resultará inevitablemente desfavorable.
¿Debe Brasil, entonces, haber convocado a otro? La pregunta, que ya se formuló cuando Dorival Júnior —predecesor de Ancelotti— armó la lista, responde a una lógica de planificación que los procesos futbolísticos de corto plazo rara vez permiten. El técnico italiano heredó una nómina, no la diseñó. Su gestión consiste en administrar las piezas disponibles con el criterio de quien sabe que un mundial se gana en la fase final, no en el estreno. Si Neymar llega entero a octavos, la abstinencia de hoy se justificará; si la pantorrilla vuelve a fallar, la convocatoria misma se juzgará como capricho sentimental. Así funciona el juicio retrospectivo en el deporte: todo acierto se explica, todo error se condena.
Lo cierto es que Brasil debuta sin su estrella más mediática contra una Marruecos que, semifinalista de Qatar 2022, no perdona ausencias. El Grupo C, completado por Haití y una cuarta selección, no parece el más exigente del torneo, pero los puntos de la primera fecha valen igual que los de la última. Ancelotti lo sabe. Por eso prefirió un Neymar ausente pero recuperable a un Neymar forzado y probablemente perdido. La decisión es de técnico, no de sacerdote; de administrador, no de devoto. En un fútbol donde las emociones nacionales se depositan sobre hombros de carne mortal, esa distinción —fría, quizás impopular— es la única que preserva, a largo plazo, la posibilidad misma de competir.
La res publica del fútbol brasileño, esa comunidad de aficionados que durante décadas se ha definido por la posesión del mejor jugador del mundo, enfrenta hoy una disyuntiva inédita: ¿puede una selección seguir siendo Canarinha sin su canto más reconocible? La respuesta, si existe, no llegará esta noche en Nueva Jersey. Dependerá de lo que ocurra en los días siguientes, de si la precaución de Ancelotti resulta profecía autocumplida o mero aplazamiento de una despedida que el tiempo, implacable, ya ha comenzado a escribir.