En medio de la tragedia que deja un saldo preliminar de 188 fallecidos y más de 1.600 heridos tras el sismo de magnitud 7,4 en Chocó, la llegada de 100 toneladas de ayuda humanitaria desde El Salvador marca un hito en la cooperación regional. La decisión del presidente Nayib Bukele de enviar dos aviones de carga con insumos específicos, respondiendo a una solicitud técnica del gobierno del presidente Abelardo de la Espriella, trasciende la solidaridad básica. Este movimiento ilustra una maduración en la diplomacia de desastres andina, donde la asistencia se coordina bajo criterios de eficiencia logística y no solo como gestos políticos simbólicos.
Coordinación técnica sobre retórica
Lo más relevante del anuncio de San Salvador es la precisión operativa. Según lo comunicado por el mandatario salvadoreño, Bogotá solicitó exclusivamente insumos para familias afectadas, dado que los equipos de rescate y médicos ya estaban desplegados. Esta distinción es crucial. En crisis anteriores, como el terremoto de Haití en 2010 o la avalancha de Mocoa en 2017, la región sufrió de saturación aeroportuaria con donaciones no solicitadas o personal sin coordinación local, lo que entorpeció las labores de respuesta.
Al limitar la ayuda a bienes materiales complementarios, se evidencia que la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (UNGRD) está aplicando lecciones aprendidas sobre gestión de cuellos de botella logísticos. Para Colombia, esto valida la capacidad institucional de filtrar necesidades reales frente al ruido mediático. Desde una perspectiva de mercado y eficiencia estatal, recibir ayuda externa es positivo siempre que responda a una demanda identificada y no a una oferta política improvisada. La rapidez de despacho —con vuelos programados en menos de 48 horas— sugiere protocolos preestablecidos que superan la burocracia aduanera tradicional, un factor crítico cuando se trata de preservar vidas en zonas como Quibdó o Pereira, actualmente en alerta roja.
El contraste entre respuesta y prevención
Sin embargo, la eficacia reactiva no debe opacar la deuda estructural en prevención. Mientras celebramos la agilidad de la cooperación vecinal, los datos de Asocapitales son un recordatorio doloroso: 243 estructuras colapsadas en capitales departamentales. Esto señala fallas persistentes en la aplicación de códigos de construcción sismo-resistentes y en la planificación territorial, especialmente en ciudades intermedias del Eje Cafetero y el Pacífico.
Desde la óptica del desarrollo económico y la seguridad jurídica, la reconstrucción post-desastre es infinitamente más costosa que la mitigación ex ante. Los recursos que hoy agradecemos de El Salvador, y que seguramente llegarán de otros socios atlántistas y regionales, cubren la emergencia inmediata, pero no sustituyen la inversión pública sostenida en infraestructura resiliente. La relación costo-beneficio de la adaptación sísmica es indiscutible según estándares del Banco Mundial y la OCDE; cada dólar invertido en prevención ahorra múltiples dólares en reconstrucción y pérdida de productividad.
Además, este episodio nos obliga a reflexionar sobre nuestra propia posición en el tablero hemisférico. Colombia ha sido históricamente donante neto en la región. Recibir ayuda de un país con menor PIB per cápita como El Salvador no es un demérito, sino una prueba de la interdependencia regional. No obstante, debe servir de alerta sobre la vulnerabilidad fiscal de nuestro sistema de gestión de riesgos. Si bien la administración De la Espriella logró recientemente recuperar el presupuesto de 2027 en el Congreso, la ejecución en prevención sigue siendo el talón de Aquiles frente a choques exógenos naturales.
Pragmatismo sin alineamientos ideológicos
Finalmente, vale la pena destacar el tono sobrio de esta interacción. En un continente donde la ayuda humanitaria a veces se instrumentaliza para validar regímenes o condicionar apoyos políticos, el intercambio entre Bogotá y San Salvador se mantuvo en el terreno técnico. El gobierno colombiano pidió lo que necesitaba; el salvadoreño entregó lo solicitado. No hubo condicionamientos ni proselitismo.
Este pragmatismo es el modelo que debemos defender desde el centro-derecha institucionalista. Las relaciones internacionales de Colombia, especialmente en momentos de crisis, deben blindarse contra la polarización. La tragedia de Chocó requiere unidad nacional y cooperación internacional basada en reglas claras, no en afinidades coyunturales. Agradecemos la mano amiga de El Salvador, pero el verdadero homenaje a las víctimas será transformar esta capacidad de respuesta reactiva en una política de Estado preventiva que reduzca la necesidad de pedir ayuda la próxima vez que la tierra tiemble.