¿Qué convierte a un extranjero en compatriota? No la sangre ni el nacimiento, en este caso. Dominic Fabián Wolf, alemán de origen, llegó a Colombia en 2016 para un posgrado en Bucaramanga, se enamoró del país, de una abogada santandereana, formó familia, documentó con entusiasmo nuestra biodiversidad y nuestras costumbres, y esperó una década para que el Estado reconociera formalmente lo que él ya sentía: que aquí habitaba su res publica. La pregunta que plantea su historia trasciende el anecdotismo del influencer celebrado en redes.
El pasado marzo, Fabián recibió la nacionalidad; este julio, tras cinco meses más de trámites burocráticos, le llegó la cédula física. Entre lágrimas repitió: “Ahora sí soy colombiano”. La emoción resulta conmovedora, pero también reveladora. En un país donde millones de nacidos aquí portan la cédula sin reflexionar sobre su significado, un inmigrante europeo la anhela como sacramento de pertenencia. La ironía merece detención: la institución que muchos colombianos perciben como obstáculo —la burocracia estatal—, en manos de Fabián funciona como umbral de consagración. Él, dicho sea de paso, cumplió los requisitos legales “sin ayuda de terceros”, según declaró en su momento a Infobae Colombia. La transparencia en el trámite, en un sistema donde la intermediación corrupta es tentación frecuente, constituye en sí misma una declaración de principios.
La historia de Fabián intersecta con una tradición hispanoamericana que no siempre valoramos: la de los inmigrantes que eligen la patria. Tocqueville observó en la América del siglo XIX que el vínculo cívico se construye menos por la tierra natal que por la adhesión voluntaria a un proyecto común. Fabián no nació colombiano; se hizo colombiano mediante prácticas: aprendió el país, lo mostró al mundo, se casó conforme a nuestras costumbres, criará hijos entre nosotros. Arendt, en su análisis del totalitarismo, subrayaba que la ciudadanía moderna es derecho más que destino biológico. El alemán que llora al recibir su cédula encarna esa concepción: la nacionalidad como conquista deliberada, no como herencia fatal.
Sin embargo, la celebración viral de su caso encierra una sombra. Los comentarios de sus seguidores —“siempre has sido un colombiano más”, “embajador de nuestro país”— revelan una doble vara que los colombianos aplicamos sin advertirlo. Recibimos con entusiasmo al europeo que admira nuestra biodiversidad, mientras la migración venezolana, la labor de millones de trabajadores informales extranjeros, suscita reservas, cuando no rechazo abierto. La bienvenida selectiva al “buen inmigrante” —educado, blanco, productor de contenidos halagadores— contrasta con la desconfianza hacia quienes llegan huyendo de la miseria sin pasaporte alemán ni cámara de video. La coherencia liberal exige que extendamos el principio: quien elige Colombia y contribuye a ella, por cualquier medio, merece el reconocimiento que Fabián recibió.
El gobierno actual, por cierto, otorgó a Fabián en 2024 la cinta de honor presidencial. El reconocimiento es merecido, pero invita a preguntarse: ¿la distinción responde a mérito objetivo o a la utilidad política de un extranjero que promociona la imagen país? La distinción entre propaganda y política pública de migración no siempre es clara en esta administración. Cuando el Estado celebra al inmigrante visible mientras la institucionalidad migratoria colapsa para los anónimos, hay motivo para la reserva institucionalista.
Fabián formó familia, juró lealtad, obtuvo su documento. Su historia, contada por Infobae Colombia, termina en felicidad individual. Pero deja pendiente la pregunta colectiva: ¿somos capaces de construir una nación donde la cédula, ese pedacito de plástico que él besó entre lágrimas, signifique para todos —nacidos o adoptados— el mismo acceso a derechos, al reconocimiento, a la posibilidad de llorar de pertenencia? La respuesta no está en el trámite cumplido, sino en lo que hagamos mutatis mutandis con el principio que su caso ejemplifica.