La reciente Encuesta de Opinión Empresarial de Fedesarrollo arroja un dato que, a primera vista, parece contradictorio con el clima político nacional: la confianza de comerciantes e industriales registró un alza significativa, impulsada casi exclusivamente por una mejora de 13,7 puntos porcentuales en las expectativas sobre la situación económica para el próximo semestre. Este repunte no refleja una bonanza presente ni una recuperación robusta de la demanda agregada, sino una apuesta calculada de los agentes privados ante la posibilidad de que el ciclo contractivo haya tocado fondo.
Para un observador de mercados, esta distinción es vital. En Colombia, la confianza empresarial ha funcionado históricamente como un indicador adelantado, pero también como un termómetro de la tolerancia al riesgo institucional. Que el componente de expectativas lidere la recuperación, mientras que la percepción de la situación actual se mantiene rezagada, sugiere que el sector privado está descontando un ajuste de política o un cambio de ciclo global, más que celebrando los aciertos de la gestión doméstica actual.
La apuesta por el segundo semestre
El incremento de 13,7 puntos porcentuales en la perspectiva económica futura es un movimiento estadístico relevante, pero debe leerse con cautela. En economías abiertas y volátiles como la colombiana, las expectativas suelen ser elásticas a las señales externas. Si bien la nota de Fedesarrollo no desglosa los catalizadores específicos de este optimismo, el contexto regional ofrece pistas. La estabilización de las tasas de interés en Estados Unidos y la moderación inflacionaria en los socios comerciales de la Alianza del Pacífico suelen transmitirse a las proyecciones locales con un rezago de tres a seis meses.
Sin embargo, existe un riesgo latente de desconexión. Si este optimismo se basa en la anticipación de una reactivación del consumo que no se materializa por restricciones de crédito o deterioro del empleo formal, la corrección en el siguiente trimestre podría ser severa. Los industriales y comerciantes están apostando a que la política monetaria y fiscal se alineará para favorecer la inversión privada en la segunda mitad del año. Es, en esencia, un voto de confianza condicional al marco macroeconómico, no necesariamente al gobierno de turno.
Señales mixtas para la región andina
Desde una perspectiva comparada, Colombia no es una excepción en la región. En Perú y Chile, hemos observado patrones similares donde la confianza empresarial se recupera antes que el PIB efectivo, actuando como un mecanismo de defensa ante la incertidumbre política. No obstante, la diferencia radica en la profundidad de los fundamentos. Mientras que en Santiago o Lima el repunte de expectativas suele correlacionarse con flujos de inversión extranjera directa y precios de materias primas, en Bogotá la variable crítica sigue siendo la seguridad jurídica y la coherencia de la política comercial.
Para nuestros socios en Washington y Bruselas, esta encuesta envía una señal ambivalente. Por un lado, confirma que el tejido empresarial colombiano mantiene su resiliencia y su orientación pro-mercado a pesar del ruido institucional. Por otro, advierte que la recuperación es frágil y dependiente de que se mantengan las reglas de juego claras. Si el gobierno actual instrumentaliza este repunte de confianza como un respaldo a políticas que, paradójicamente, podrían erosionar la independencia de las instituciones económicas, el optimismo se evaporará tan rápido como llegó.
Lo que implica para la política económica
Este dato de Fedesarrollo no debe ser interpretado como un cheque en blanco. Es, más bien, una ventana de oportunidad con fecha de vencimiento. Los 13,7 puntos porcentuales de mejora en expectativas representan el margen de maniobra que tiene el Ejecutivo para implementar reformas estructurales que genuinamente estimulen la productividad, en lugar de medidas populistas de corto aliento.
La responsabilidad ahora recae en la coordinación entre el Ministerio de Hacienda, el Banco de la República y el sector privado. Si la mejora en expectativas no se traduce en formación bruta de capital fijo y creación de empleo formal en los próximos seis meses, habremos perdido un ciclo. La confianza es un activo volátil; se construye con resultados y se destruye con retórica. Por ahora, los comerciantes e industriales han decidido creer que lo peor ya pasó. Corresponde a la institucionalidad económica validar esa creencia con datos duros y políticas coherentes, no con discursos.
En última instancia, la encuesta nos recuerda que el motor de la economía colombiana sigue siendo la iniciativa privada. Su optimismo, aunque cauteloso y basado en el futuro, es la mejor señal de que, pese a las turbulencias políticas, el mercado sigue buscando anclas de estabilidad. Nuestra tarea como analistas y como sociedad es asegurar que esas anclas sean reales y no espejismos electorales.