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Mercados · Análisis · 21 may 2026

La desaceleración colombiana cobra precio en productividad futura

Cuando una economía pierde ritmo de crecimiento, el daño no aparece en las cifras de hoy sino en la capacidad de inversión y competitividad de mañana.

La desaceleración colombiana cobra precio en productividad futura — Mercados, ilustración editorial

La economía colombiana enfrenta un dilema que trasciende los reportes trimestrales del Banco de la República. No se trata solo de que el Producto Interno Bruto crezca menos de lo esperado en 2026, sino de que cada trimestre de desaceleración representa oportunidades de inversión que no se materializan, capacidad productiva que no se instala y, en términos regionales, una pérdida relativa de competitividad frente a economías que sí mantienen tracción.

El costo invisible de frenar

Cuando un país reduce su ritmo de crecimiento, los economistas tienden a enfocarse en el impacto inmediato: menor recaudación tributaria, desempleo estancado, consumo privado más débil. Pero existe un costo más profundo, menos visible en los titulares, que se materializa años después. Es el costo de oportunidad acumulado.

Cada punto porcentual de crecimiento no realizado representa inversión privada que no ocurrió. Empresas que no expandieron plantas. Emprendedores que no escalaron operaciones. Trabajadores que no adquirieron nuevas competencias porque sus empleadores no crecían lo suficiente para justificar capacitación. En términos de capital humano y stock de capital físico, esos años de desaceleración generan una brecha que es difícil de recuperar.

La Comisión Económica para América Latina (CEPAL) ha documentado este fenómeno en economías medianas de la región. Cuando países como Chile o Perú experimentaron ciclos de desaceleración prolongada sin reformas compensatorias de productividad, la recuperación posterior requirió no solo reactivación de demanda, sino reconstrucción de capacidad instalada. El tiempo perdido en inversión no se recupera simplemente acelerando después.

Implicaciones para la región andina

Colombia no compite solo consigo misma. En el contexto andino, la desaceleración tiene implicaciones geopolíticas y comerciales concretas. Perú, a pesar de sus turbulencias políticas, mantiene tasas de crecimiento superiores. Ecuador, tras su crisis de 2023, ha mostrado recuperación más rápida de lo previsto. Bolivia, con todas sus limitaciones institucionales, ha sostenido crecimiento en torno al 3 por ciento.

Si Colombia pierde velocidad mientras sus vecinos la mantienen, ocurren dos cosas simultáneamente: primero, se reduce la capacidad de compra de importaciones desde la región (afectando a proveedores peruanos y ecuatorianos); segundo, se reduce la atracción de inversión extranjera directa en sectores transables, porque los inversionistas buscan mercados en expansión.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte que en economías de ingreso medio-alto como Colombia, la desaceleración sostenida tiende a generar trampas de productividad. Sin crecimiento suficiente, los gobiernos reducen inversión pública en infraestructura y educación. Sin esa inversión, la productividad se estanca. Sin productividad, el crecimiento futuro se ve limitado. Es un círculo que se cierra.

Qué está en juego

El Banco de la República ha señalado que parte de la desaceleración obedece a factores externos (demanda global débil, precios de commodities bajo presión). Pero eso no exime al gobierno de responsabilidad en lo que sí controla: ambiente de negocios, seguridad jurídica, calidad de gasto público.

Cuando la inversión privada cae, como ha sucedido en 2025 y 2026, no es solo porque el mundo crece menos. Es porque empresarios colombianos dudan de las reglas de juego. Reforma tributaria que cambia cada año, decisiones judiciales que revierten contratos, incertidumbre regulatoria en sectores clave: todo eso desalienta la inversión de largo plazo.

El verdadero costo de esta desaceleración no se pagará en 2026. Se pagará cuando Colombia intente recuperar posición competitiva en 2028 o 2029 y descubra que compite con infraestructura más vieja, trabajadores menos capacitados y empresas menos productivas que las de sus vecinos que sí invirtieron durante estos años.

La pregunta que debe hacerse el gobierno no es solo cómo acelerar el crecimiento ahora, sino cómo evitar que los años de desaceleración se conviertan en una deuda de productividad que tarde décadas en pagarse.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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