La extrema derecha alemana cambió de cara. Ya no es lo que imaginamos: cabezas rapadas, insignias visibles, parafernalia de los 90. Ahora son adolescentes y jóvenes de 20 años que van a la escuela, trabajan en empleos normales, y se sumergen en redes donde hablan de “el día X” —la fantasía de una masacre contra migrantes— como si fuera una inevitabilidad, no un crimen.
La periodista alemana Angelique Geray pasó entre 2024 y 2025 infiltrada en estos grupos. Acaba de publicar un libro con sus hallazgos: Undercover unter Nazis. Su descubrimiento central no es tranquilizador: estos jóvenes extremistas hablan en serio. No es provocación de internet. No es pose. Es ideología operativa.
Lo que más llama la atención en su reportaje es que estos grupos combinan el odio clásico de la extrema derecha —pureza racial, relativismo del Holocausto, xenofobia— con nuevas capas de radicalización: feminismo como enemigo, comunidad LGTBIQ+ como amenaza existencial. Es decir, la extrema derecha alemana se reinventa. No repite el pasado; lo actualiza.
Para quien no ha estado atento a Alemania: la ultraderecha alemana lleva años en expansión electoral (el partido Alternativa para Alemania ronda el 20% en encuestas), pero el fenómeno que describe Geray es anterior a eso. Es la base cultural. Es cómo se recluta y se piensa la radicalización cuando no hay uniforme que la denuncie.
Esto importa en Colombia porque el extremismo juvenil no es geografía local. Los movimientos online que radicalizan a adolescentes en Berlín operan también acá. Los discursos de pureza nacional, el odio a migrantes, la cosificación de mujeres y personas LGTBIQ+: todo circula sin frontera. El reportaje de Geray es un recordatorio de que cuando el extremismo deja de parecer extremo —cuando se normaliza como tendencia— es cuando más peligro representa.