Hay finales que se juegan contra un rival y finales que se juegan contra la propia historia. La que disputaron este jueves las selecciones femeninas de Colombia y México en el estadio Cibao de Santiago, por el oro de los Juegos Centroamericanos y del Caribe Santo Domingo 2026, pertenece a la segunda categoría. Doce años separan a esta nómina de aquella noche de Veracruz 2014, cuando el mismo rival, en el mismo escenario regional, dejó a Colombia con la plata y con una escena que el fútbol preferiría olvidar: el partido detenido tres minutos por el grito homofóbico de la tribuna local contra la portera Derly Castaño. La pregunta que flota sobre esta final no es solo quién se cuelga la medalla, sino cuánto ha cambiado, de verdad, el mundo que rodea a estas jugadoras.
Conviene ser justos con lo que ha cambiado. La selección que llegó a Santo Domingo está compuesta íntegramente por futbolistas de la Liga Femenina BetPlay: Santa Fe, Deportivo Cali, América, Atlético Nacional, Millonarios, Medellín, Junior. Que exista una liga profesional de donde salga una nómina completa no es poca cosa en un país donde, hasta hace muy poco, las jugadoras se formaban en torneos semestrales precarios y emigraban adolescentes a cualquier liga que les pagara un salario digno. El camino de Colombia en el torneo —goleada a Jamaica, derrota ajustada ante México en la fase de grupos, triunfo ante Puerto Rico y una semifinal de infarto resuelta por penales contra Venezuela— muestra un equipo competitivo, con oficio y con carácter. Eso también es institucionalidad: la de un proceso deportivo que empieza a tener continuidad.
Pero la prudencia obliga a no confundir el síntoma con la cura. Tocqueville advertía que las democracias se miden menos por sus proclamaciones que por la textura cotidiana de sus costumbres, y algo semejante ocurre con el deporte femenino: se mide menos por los afiches de las federaciones —que ahora compiten en elegancia promocional— que por los contratos, las canchas de entrenamiento, los cuerpos médicos y la estabilidad laboral de las jugadoras. En ese terreno, Colombia sigue debiendo. La liga profesional femenina convive con salarios que no alcanzan, planteles que se desarman cada semestre y una visibilidad mediática que depende de gestos heroicos como llegar a una final. El entusiasmo de estas semanas no debería convertirse en la anestesia de siempre.
El medallero de los Juegos ofrece, además, una lectura que trasciende el fútbol. Colombia marcha segunda, con 69 medallas de oro, muy por detrás del México de 139 y muy por delante del resto de la región. Es un resultado que habla bien de una generación de atletas y mal de un Estado que históricamente ha tratado el deporte como gasto y no como inversión. Los países que dominan estos certámenes no lo hacen por casualidad genética sino por políticas sostenidas: infraestructura, captación temprana, becas, ciencia aplicada. La diferencia entre el primer y el segundo lugar del medallero no se explica en el talento, que Colombia tiene de sobra, sino en la arquitectura que lo rodea.
Hay, finalmente, una deuda de memoria con aquella final de 2014. El grito homofóbico que interrumpió el partido en Veracruz no fue un accidente folclórico: fue la expresión de una cultura que el fútbol ha tardado demasiado en confrontar, en México y también aquí. Que hoy las jugadoras colombianas lleguen a una final con respaldo institucional, transmisión por streaming y una liga detrás es progreso real; que sigan existiendo tribunas donde el insulto es tradición nos recuerda que el progreso deportivo y el cívico no siempre avanzan al mismo paso. La res publica se juega también en los estadios.
Gane o pierda en Santiago, esta selección ya ganó algo que ninguna tanda de penales otorga: la evidencia de que el fútbol femenino colombiano no es un paréntesis entre mundiales sino un proyecto que merece permanencia. La tentación, conocida en este país, será celebrar la medalla y archivar la agenda. Los colombianos debemos resistirla. Porque la verdadera final —la de las ligas estables, los salarios dignos y las tribunas sin odio— no se juega en noventa minutos ni termina esta noche en el Cibao. Empieza al día siguiente, cuando se apagan los reflectores y hay que decidir si todo esto fue fiesta o fue política pública.