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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Geopolítica · Análisis · 14 jun 2026

La grieta entre Trump y Netanyahu redefine la seguridad hemisférica

La ruptura pública entre Washington y Tel Aviv por Irán obliga a Colombia a recalcular su estrategia de defensa y energía ante un Atlántico menos predecible.

La grieta entre Trump y Netanyahu redefine la seguridad hemisférica — Geopolítica, ilustración editorial

La inusitada fractura pública entre Donald Trump y Benjamín Netanyahu tras el bombardeo israelí en Beirut no es solo un episodio de tensión diplomática en Oriente Medio; representa un sismo en la arquitectura de seguridad atlantista que ha sostenido a Colombia durante décadas. Cuando el presidente estadounidense cuestiona abiertamente el juicio estratégico del primer ministro israelí en el momento preciso en que se negociaba un memorando de entendimiento con Irán para reabrir el estrecho de Ormuz, se envía una señal inequívoca a los aliados regionales: la alineación automática ya no garantiza protección ni previsibilidad.

Para Bogotá, acostumbrada a operar bajo la doctrina de que la seguridad nacional es indivisible de la estadounidense, este desacople exige un análisis frío. No se trata de tomar partido en una disputa personal, sino de entender cómo la volatilidad en el eje Washington-Tel Aviv impacta directamente en nuestros intereses vitales: la estabilidad energética, la cooperación en defensa y la credibilidad institucional ante los mercados globales.

El riesgo energético y la inflación importada

La reapertura del estrecho de Ormuz era, hasta hace pocos días, la pieza clave para estabilizar los precios globales de los hidrocarburos. La acción militar israelí en Líbano y la consecuente amenaza de represalias iraníes han puesto en pausa esa expectativa. Para una economía como la colombiana, que aún depende significativamente de la renta petrolera y de las importaciones de combustibles refinados, la incertidumbre en el Golfo Pérsico se traduce en presión cambiaria y riesgos inflacionarios inmediatos.

Según proyecciones recientes del Fondo Monetario Internacional (FMI), cualquier interrupción prolongada en el flujo del estrecho podría elevar la prima de riesgo para economías emergentes importadoras de energía. Colombia no es excepción. Si bien nuestra producción doméstica ofrece un colchón, la integración de los mercados energéticos hace que la volatilidad geopolítica se transmita vía precios de referencia y costos logísticos. La lección aquí es técnica, no ideológica: la seguridad energética colombiana no puede depender exclusivamente de acuerdos bilaterales sujetos a la coyuntura electoral o personal de terceros, por aliados que sean.

Recalibrando la cooperación en defensa

La segunda implicación es estratégica. Durante años, la relación militar Bogotá-Washington se ha nutrido de la interoperabilidad y la confianza construida en teatros compartidos. Sin embargo, cuando la Casa Blanca demuestra que sus prioridades de desescalada con adversarios estratégicos pueden colisionar con las acciones tácticas de sus aliados más cercanos, surge una pregunta incómoda para el establishment de seguridad colombiano: ¿qué tan alineados están nuestros objetivos de defensa con la nueva doctrina de “América Primero” aplicada a la seguridad global?

Esto no implica debilitar la alianza atlantista, que sigue siendo fundamental para contrarrestar la influencia de regímenes autoritarios en el vecindario. Significa, más bien, diversificar y profesionalizar la autonomía estratégica. En un escenario donde la coordinación entre aliados tradicionales muestra grietas, Colombia debe fortalecer sus capacidades propias de inteligencia y disuasión, y profundizar vínculos con otros socios democráticos como la Unión Europea y el Reino Unido, sin abandonar el eje con Washington. La institucionalidad de nuestra fuerza pública es nuestro mayor activo; no puede quedar subordinada a los vaivenes de una política exterior externa en reconfiguración.

Pragmatismo frente a la incertidumbre

El escepticismo es hoy una herramienta de política exterior más útil que la adhesión incondicional. Que Trump critique a Netanyahu por torpedear un acuerdo con Irán no valida al régimen de Teherán, cuyas violaciones a derechos humanos y patrocinio del terrorismo están documentadas por organismos internacionales. Tampoco significa que Israel haya perdido su derecho a la defensa. Significa que la realpolitik ha regresado con fuerza al Atlántico Norte y que las alianzas se negocian ahora en función de intereses transaccionales concretos, no de afinidades históricas.

Colombia debe leer esta señal con madurez institucional. El gobierno actual, que ha mostrado ambigüedades preocupantes en su alineación internacional, tiene la oportunidad de demostrar pragmatismo: defender el Estado de derecho y la seguridad hemisférica sin caer en el aislamiento ni en la dependencia ciega. La grieta entre Trump y Netanyahu es una advertencia: en un mundo donde hasta los aliados más estrechos discrepan públicamente, la soberanía responsable y la diversificación estratégica no son opciones, son requisitos de supervivencia nacional.

La tarea de la diplomacia colombiana y de nuestro sector privado es monitorear con rigor cómo evoluciona esta tensión. No podemos permitir que la parálisis en Oriente Medio se convierta en coartada para la improvisación en casa. La estabilidad macroeconómica y la seguridad jurídica dependen de que sepamos navegar estas aguas turbias con brújula propia.

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Columnista de La Bitácora

Andrés Felipe Torres Quintana

42 años, Bucaramanga. Economista UIS con maestría en Relaciones Internacionales del Externado. 10 años en consultoría de riesgo político.

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