¿Qué nos dice de una república que, cada vez que el cielo se nubla, debe alterar el curso del tiempo para sobrevivir? La propuesta de revivir la “Hora Gaviria” —ese adelanto de relojes que en 1992 intentó aplacar la crisis energética del gobierno Gaviria— no es, en rigor, una solución. Es un diagnóstico. Un espejo en el que Colombia contempla, tres décadas después, las mismas fisuras estructurales que entonces, mutatis mutandis, la condenaron al apagón.
La advertencia de la Sociedad Hidroituango, recogida por Publimetro, no puede leerse como mero llamado técnico. Alejandro Arbeláez, gerente de la entidad, propone adelantar los relojes para desplazar la hora pico de consumo entre las 6:00 y las 9:00 de la noche, aprovechando una hora más de luz natural. La medida, explica, “aplanaría” la demanda concentrada que hoy pone en riesgo la estabilidad del sistema. Pero detrás de esta racionalidad aritmética yace una pregunta incómoda: ¿por qué, en 2026, seguimos dependiendo del capricho meteorológico para decidir si hay o no electricidad?
La respuesta, como suele ocurrir en el país de los remedios urgentes, se encuentra en la acumulación de deudas no solo financieras sino de Estado. El gobierno actual mantiene obligaciones con el sector eléctrico que ya superan los 9 billones de pesos, según la misma Sociedad Hidroituango. No se trata de una cifra menor: es el costo de un uso instrumental del aparato público, de tratar las empresas generadoras como cajas de financiación política, de preferir el subsidio clientelar sobre la inversión en infraestructura. Cuando Tocqueville advirtió sobre el riesgo de que la democracia degenerara en una suerte de despotismo blando, quizá no imaginó que incluiría la costumbre de aplazar el pago de las luces.
La propuesta de Abelardo De la Espriella, presidente electo, de convocar una mesa técnica antes incluso de posesionarse, revela al menos una conciencia del problema que el gobierno saliente parece haber perdido. Arbeláez insiste en no esperar al 7 de agosto: la urgencia climática no respeta calendarios presidenciales. El fenómeno de El Niño avanza, los embalses descienden, y la transición gubernamental —esa res publica que debería funcionar con continuidad institucional— se convierte en obstáculo cuando la deuda y la desconfianza entre actores ya erosionaron la capacidad de respuesta.
La lección de 1992, empero, no fue aprendida. Entonces, como ahora, la crisis energética expuso la vulnerabilidad de un sistema dependiente de la hidroelectricidad sin la diversificación suficiente. Entonces, como ahora, la respuesta incluyó medidas de emergencia —la Hora Gaviria, el racionamiento— en lugar de la reforma estructural que el caso ameritaba. La diferencia es que hoy contamos con tres décadas de evidencia, con plantas térmicas que podrían operar más rápido si existieran incentivos adecuados, con tecnologías de transición energética que el país ha sido consistentemente incapaz de integrar.
La ironía, si se quiere buscarla, es que la “Hora Gaviria” funciona como metáfora perfecta de nuestro método político: cuando la realidad se vuelve ingobernable, cambiamos la hora en los relojes en lugar de cambiar las políticas que nos llevaron al desfase. Es más fácil pedirle a treinta millones de colombianos que modifiquen sus rutinas que exigirle al Estado que pague sus deudas, que diversifique la matriz energética, que planifique más allá del ciclo electoral. El cambio de horario es, en última instancia, una forma sofisticada de racionamiento: no se corta la luz, se redistribuye la culpa.
¿Y si esta vez, al menos, la mesa técnica prometida por De la Espriella produce algo más que un nuevo ajuste de relojes? La pregunta no es retórica. La deuda de 9 billones no desaparecerá con el amanecer, ni la dependencia hidroeléctrica se resolverá con una hora más de sol. Pero tal vez —y aquí la incertidumbre es honesta— la convergencia de generadores, transmisores, gremios y reguladores pueda trazar, por fin, esa hoja de ruta que el país ha pospuesto desde antes de que muchos de sus ciudadanos nacieran. La Hora Gaviria nos recuerda que ya estuvimos aquí. Lo que no nos dice es si alguna vez aprenderemos a salir.