La promesa suena bien en los discursos presidenciales: la inteligencia artificial como pasaporte a la movilidad social. Menos bien suena cuando mirás los números reales de conectividad en el país.
Hay un problema de secuencia que nadie quiere nombrar. Antes de hablar de IA generativa, machine learning o algoritmos predictivos, necesitamos resolver algo más básico: en 2026, millones de colombianos siguen sin acceso estable a internet. No es un problema de softwares o modelos entrenados. Es infraestructura. Es última milla. Es el abismo entre Bogotá y una vereda en Cauca.
El espejismo es este: los políticos anuncian inversión en tecnología de punta mientras las regiones rurales y periurbanas siguen con conectividad de hace diez años. Conectarse a ChatGPT no sirve si tu conexión cae cada vez que llueve. Una herramienta de IA para educación no existe si no hay fibra óptica hasta tu escuela.
Esto no es pesimismo. Es lógica. La inteligencia artificial amplifica lo que ya existe: si tenés acceso, la IA te abre puertas. Si no tenés acceso, la IA te deja más atrás. Los que están adentro de la red se benefician de los nuevos modelos. Los que están afuera siguen afuera, pero ahora con una brecha más profunda.
Colombia tiene poco tiempo para decidir si la IA será una herramienta de inclusión real o un nuevo espejo que refleja las promesas sin cumplirlas. Eso depende de si antes resolvemos lo que debería ser obvio: que todos tengan acceso a internet. Después hablamos de inteligencia artificial.