¿Qué dice de una ciudad el hecho de que, una vez al año, decida cerrar sus avenidas para que miles de personas corran veintiún kilómetros a 2.600 metros sobre el nivel del mar? La pregunta no es retórica. La Media Maratón de Bogotá, que este domingo coronó al keniano Eric Sang en la rama masculina y a la etíope Melat Siyoum en la femenina, es mucho más que un evento deportivo: es uno de los pocos rituales cívicos que la capital ha sabido preservar con continuidad, y en tiempos de fragmentación política y desconfianza institucional, eso no es poca cosa.
Sang cruzó la meta con un tiempo de 1:01:59, estableciendo un nuevo récord de la competencia, según reportó La República. La marca merece una pausa. Correr veintiún kilómetros a ese ritmo, en la altura bogotana, con sus pendientes y su oxígeno escaso, es una hazaña fisiológica que solo los fondistas de élite del este africano han aprendido a domesticar. Que el récord haya caído en Bogotá confirma lo que los entendidos vienen diciendo hace años: esta carrera dejó de ser un evento local con invitados internacionales para convertirse en una cita legítima del calendario atlético mundial.
Hay, sin embargo, una reflexión que los colombianos debemos hacernos con honestidad. Los podios de nuestras grandes carreras los ocupan, edición tras edición, atletas de Kenia y Etiopía. No hay nada que objetar a ello: el deporte es mérito, y el mérito no tiene pasaporte. Pero sí debería inquietarnos que un país con la tradición ciclista de Colombia, con campeones olímpicos en marcha y con una geografía que es un laboratorio natural de altura, no haya logrado consolidar un semillero de fondistas capaces de disputar su propia carrera. La respuesta no está en la genética, como sugiere la pereza mental de algunos comentaristas, sino en la estructura: ligas escolares débiles, federaciones con gestión intermitente y una inversión pública en deporte que oscila con cada administración.
Tocqueville observó que las democracias se sostienen menos por sus leyes que por sus costumbres, por esos hábitos del corazón que enseñan a los ciudadanos a convivir. Una maratón ciudadana es, en ese sentido, una pequeña lección de civismo: miles de desconocidos comparten un esfuerzo, respetan unas reglas, animan al que va adelante y no envidian al que llega primero. Bogotá, una ciudad frecuentemente descrita por sus divisiones, encuentra en esta carrera una gramática común. Eso vale más que cualquier discurso oficial sobre reconciliación.
Sería injusto, eso sí, no reconocer lo que funciona. La organización de la carrera ha madurado, la participación ciudadana crece y la ciudad ha aprendido a convivir con el evento sin el caos logístico de otras épocas. Cuando algo se hace bien, conviene decirlo, aunque el oficio del columnista tienda a la crítica. La pregunta que queda es si sabremos convertir este entusiasmo anual en una política deportiva de largo plazo, o si seguiremos celebrando, cada julio, la victoria de otros mientras nuestros niños corren descalzos en potreros sin ninguna estructura que los acompañe.
El récord de Sang quedará en los libros. La lección que Bogotá decida aprender de su propia fiesta atlética, en cambio, todavía está por escribirse. Y esa, como casi todo en la res publica, es una carrera de fondo que no se gana en una hora y un minuto.