La película “El diablo viste a la moda 2” llegó con una pregunta incómoda: ¿quién decide qué está in? Hace 20 años, la respuesta era simple: una editora con poder de veto en una revista de lujo. Hoy no.
El film expone cómo la autoridad en moda se ha fragmentado. Miranda Priestly, ese ícono del gatekeeper absoluto, ya no existe en la práctica. Su poder estaba centralizado en una institución —la revista— que controlaba narrativa, acceso y legitimidad. Eso cambió.
Ahora confluyen tres actores: los creadores de contenido (influencers, diseñadores emergentes en TikTok), los algoritmos (que deciden qué ve cada usuario) y los asistentes de IA (que generan tendencias, moodboards, análisis de mercado en tiempo real). Ninguno tiene autoridad total. Todos tienen poder disperso.
Lo interesante no es que la moda sea “más democrática” —eso sería ingenuo. Es que la legitimidad ya no se otorga desde arriba. Se construye en tiempo real, fragmentada, en múltiples capas. Un diseño puede ser validado por un algoritmo de Pinterest, viralizar en TikTok, ser analizado por una IA que predice tendencia, y luego recibir el visto bueno (o la muerte) en X. La revista sigue existiendo. Pero no decide sola.
Esto tiene implicaciones políticas. Si la cultura de masas ya no tiene guardianes únicos, entonces el terreno donde se forman consensos es más abierto, pero también más caótico. Más vulnerable a manipulación coordinada, a burbujas, a ruido sin filtro.
La moda, en ese sentido, es un laboratorio. Muestra cómo las instituciones tradicionales pierden poder no porque desaparezcan, sino porque comparten ecosistema con actores que no responden a sus reglas. Para quien trabaja en comunicación política, en medios o en cualquier espacio que dependa de autoridad cultural, el mensaje es claro: el gatekeeper murió. Ahora gobierna la red.