Hay un momento en toda democracia donde los códigos no escritos empiezan a colapsar. Estamos ahí.
Lo que antes era excepción —la descalificación personal feroz, la desinformación coordinada, la agresión sin matices— se vuelve método. Y cuando eso ocurre, ya no es un exceso de campaña. Es una nueva norma.
El problema no es la dureza de la crítica política. Eso es sano en una democracia. El problema es cuando desaparece la distinción entre criticar una idea y destruir al que la sostiene. Cuando un adversario deja de ser un ciudadano con el que se compite y pasa a ser un enemigo que hay que aniquilar.
Eso tiene consecuencias reales. La violencia simbólica abre la puerta a la violencia sin adjetivo. Cuando normalizamos que todo vale, que los insultos son moneda corriente, que las mentiras son tácticas aceptadas, estamos bajando el piso de lo que después viene. No es especulación: es historia.
En redes, esto se ve cada día. Campañas coordinadas donde cuentas nuevas o inactivas se activan para amplificar descalificativos. Hashtags que nacen de operaciones, no de conversación genuina. Candidatos que se burlan de víctimas. Equipos que fabrican contextos falsos.
¿Por qué importa? Porque la política no es teatro. Es la cancha donde decidimos cómo vivimos juntos. Si la jugamos sin reglas, si cada lado asume que puede decir lo que quiera sin consecuencia, si ganamos a cualquier precio, entonces no hay democracia que aguante.
La Bitácora ha sido crítica de este gobierno cuando lo merece. También ha señalado cuando la oposición cruza líneas. Porque eso es lo que una democracia de verdad necesita: árbitros que llamen la falta, sin importar quién comete.
Hoy, en medio de la campaña electoral, es momento de preguntar: ¿queremos seguir aquí? ¿O volvemos a acuerdos básicos sobre cómo competir sin destruir?