Carlos Mendoza tardó años en conectar con la poesía. Abogado de formación, escritor de oficio, pasó por una maestría en Creación Literaria sin lograr entender qué le faltaba para leerla de verdad. El haiku japonés fue la llave: descubrió que la poesía era algo más que figuras literarias bien tejidas y ahí empezó a escribir.
Hoy publica su quinto poemario, Perro, donde un dueño y su mascota cargan con metáforas sobre fragilidad masculina y relaciones volátiles. Pero lo más interesante no es lo que Mendoza escribe, sino lo que publica.
En 2022 fundó Hoja en Blanco Editorial, un proyecto que vive en el espacio raro entre los fanzines literarios y las editoriales independientes serias. Sin cobrar a los autores. Sin pagar regalías. Todo bajo licencia Creative Commons. Hoy tiene 90 publicaciones de 74 escritores en 12 países hispanohablantes más Italia. Todas descargables gratis.
El modelo suena al revés del negocio editorial, pero Mendoza lo defiende con lógica: cuando quitás la presión económica, publicás lo que tiene valor literario. Novelas gráficas experimentales basadas en el Quijote. Poesía LGBTI+. Obras de teatro censuradas por crítica política. Cosas que las editoriales comerciales miran de lejos.
La financiación viene de becas —ganó una de Idartes en 2022— y de crowdfunding. No es sostenible a largo plazo, lo reconoce. Pero funciona. Lo funciona porque Mendoza cree que la poesía en América Latina no está en resurgimiento por nostalgia. Está porque se profesionalizó: desde 2008 hay posgrados de creación literaria en toda la región. Porque internet puso literatura del mundo entero al alcance de un clic. Porque los lectores, dice, somos inteligentes y críticos. No nos conformamos.
Eso es lo que late detrás de todo esto: la idea de que cuando la barrera económica desaparece, aparece la literatura que importa. Y que alguien tiene que hacer ese trabajo, aunque sea poco a poco, desde Bogotá, con un grupo de amigos escritores y una hoja en blanco que ya no está vacía.