La presidencia rotatoria de Colombia en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas debía ser, en teoría, el punto más alto de la diplomacia multilateral bogotana. Sin embargo, la sesión del 10 de junio de 2026 en Nueva York reveló una paradoja incómoda para la política exterior nacional. Mientras el presidente Gustavo Petro ejercía su rol protocolario con una agenda centrada en la crisis climática y la regulación de la inteligencia artificial, la ausencia deliberada de las delegaciones de Estados Unidos e Israel transformó el evento en un termómetro de la desconexión hemisférica.
Para un país cuya seguridad y estabilidad macroeconómica dependen de la relación bilateral con Washington y de la cooperación técnica internacional, este vacío en la sala del Consejo no es un gesto simbólico menor. Es una señal de alerta sobre la eficacia de nuestra diplomacia en un momento donde la región andina requiere certezas institucionales y no solo discursos globales.
Entre la retórica digital y la realidad geopolítica
El mandatario colombiano utilizó su intervención para advertir sobre los peligros de la inteligencia artificial no regulada y su papel en la propagación de discursos antiinmigración, comparando estas dinámicas con los totalitarismos del siglo XX. Si bien la propuesta de un marco regulatorio global es pertinente y necesaria, el contexto en el que se formuló diluyó su impacto técnico. Al mezclar la gobernanza tecnológica con referencias a su propia inclusión en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) y con críticas a la política interna estadounidense, el debate se desplazó de la seguridad colectiva a la controversia política.
Desde una perspectiva de política exterior pragmática, el Consejo de Seguridad es el espacio para construir consensos operativos, no para litigar agravios históricos o personales. La mención a la lista OFAC, justificada por el presidente como un orgullo ideológico, ignora que dicha designación tiene implicaciones técnicas que afectan la percepción de riesgo país ante los mercados financieros y la banca corresponsal. En un entorno donde la inversión extranjera directa en la región andina ya enfrenta vientos en contra por la incertidumbre regulatoria, mezclar la estigmatización financiera con la diplomacia de alto nivel envía señales contradictorias a los socios comerciales.
Además, la crítica explícita al presidente Donald Trump por su supuesto apoyo a un candidato opositor colombiano, interpretada por Petro como una violación constitucional estadounidense, cruza una línea delicada. La tradición diplomática colombiana, independientemente de la afinidad ideológica, ha mantenido una relación de Estado con la Casa Blanca. Cuestionar la legalidad interna de un aliado estratégico desde la silla del Consejo de Seguridad no fortalece la autonomía nacional; por el contrario, reduce los márgenes de maniobra para negociar temas críticos como la cooperación antinarcóticos, la protección de migrantes y el acceso a mercados.
El costo del aislamiento en la agenda andina
La ausencia de Estados Unidos e Israel en la sesión presidida por Colombia debe leerse en clave regional. Estos actores son fundamentales en los ecosistemas de seguridad y desarrollo que afectan directamente a la cuenca andina. Cuando la diplomacia colombiana se percibe en Washington o Tel Aviv como hostil o impredecible, los mecanismos de cooperación técnica, inteligencia compartida y apoyo presupuestal se resienten.
Para la región andina, que enfrenta desafíos transnacionales como el crimen organizado y la migración masiva, la cohesión del sistema interamericano es vital. La polarización que se evidenció en Nueva York refleja una tendencia más amplia: la sustitución de la diplomacia de intereses compartidos por una diplomacia de identidad. Si bien es legítimo que Colombia promueva una visión progresista en foros multilaterales, esta no puede ir en detrimento de las relaciones funcionales que sostienen la estabilidad institucional y económica del país.
La propuesta sobre inteligencia artificial y cambio climático merece ser debatida con rigor técnico. Pero para que Colombia sea un actor relevante en estas discusiones, debe recuperar la confianza de sus socios tradicionales. El multilateralismo efectivo no se construye desde la confrontación retórica, sino desde la capacidad de articular intereses diversos en soluciones concretas. La presidencia en el Consejo de Seguridad pasará a la historia no por los discursos pronunciados, sino por la capacidad real de haber gestionado la paz y la seguridad en un mundo fragmentado. Hasta ahora, la evidencia sugiere que la brecha entre la aspiración discursiva y la realidad geopolítica sigue ampliándose, y es Colombia la que paga el costo de oportunidad de esa distancia.