Edición N.º 2695 Lunes, 18 de mayo de 2026 · Bogotá
· · Iniciar sesión Suscribirse
La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Nuevo

El Decir y el Hacer

Archivo permanente de la retórica oficial colombiana en X, contrastada con nuestras columnas. Indexable, citable, fechado.

Visitar la sección
Cultura política · Análisis · 14 may 2026

La trampa argentina no se evita con recetas argentinas

Invocar la reindustrialización sin infraestructura ni instituciones estables es repetir los errores que hundieron a Buenos Aires durante medio siglo.

La trampa argentina no se evita con recetas argentinas — Cultura política, ilustración editorial

Cada vez que un columnista financiero colombiano escribe “para no volvernos Argentina”, deberíamos preguntarnos qué Argentina tiene en mente. ¿La de Perón y el proteccionismo sustitutivo? ¿La de los Kirchner y el cepo cambiario? ¿O la de Menem y la convertibilidad que terminó en default? Porque invocar la reindustrialización como receta contra el mal argentino es, precisamente, repetir uno de los errores centrales que hundieron a ese país durante medio siglo.

La columna de Mario Alejandro Valencia en La República propone “consolidar una política robusta para la agroindustria y las manufacturas” partiendo de la actual política nacional de reindustrialización. La intención es loable. El diagnóstico, incompleto. Porque el problema argentino no fue la falta de políticas industriales: fue el exceso de políticas industriales mal diseñadas, sostenidas con déficit fiscal crónico, proteccionismo arancelario y subsidios que destruyeron competitividad.

Argentina intentó reindustrializarse cinco veces en el siglo XX. En 1930 con sustitución de importaciones. En 1946 con los planes quinquenales peronistas. En 1973 con el Pacto Social de Isabel Perón. En los noventa con privatizaciones y tipo de cambio fijo. En 2003 con el modelo kirchnerista de “dólar alto y salarios bajos”. Todas fracasaron. No por falta de voluntad política ni de recursos naturales, sino por una constante: la ausencia de instituciones creíbles, reglas estables y apertura comercial real.

Colombia tiene ventajas que Argentina dilapidó. Mantiene tratados de libre comercio activos con Estados Unidos, la Unión Europea y la Alianza del Pacífico. No ha caído en defaults soberanos recurrentes. Su inflación, aunque alta, no es estructural como la porteña. Pero esas ventajas son frágiles. La tentación de cerrar la economía “para proteger la industria nacional” es el primer paso hacia la argentinización: aranceles que encarecen insumos, subsidios que premian ineficiencia, controles cambiarios que ahuyentan inversión.

La agroindustria colombiana no necesita “política robusta” en el sentido de más intervención estatal. Necesita predecibilidad jurídica, infraestructura logística y acceso a mercados. Un caficultor del Eje Cafetero pierde más por carreteras en mal estado que por falta de subsidios. Un exportador de flores en Cundinamarca necesita que Avianca no quiebre cada década, no que el gobierno le compre aviones. La manufactura competitiva surge donde hay energía barata, puertos eficientes y fuerza laboral educada. Ninguno de esos factores se decreta.

Tocqueville escribió en La democracia en América que las naciones prósperas no son las que tienen más recursos, sino las que tienen mejores instituciones para usarlos. Argentina tenía en 1913 un PIB per cápita superior al de Francia. Tenía la pampa más fértil del mundo, puertos naturales, inmigración europea educada. Y lo perdió todo apostando a que el Estado podía planificar mejor que el mercado, proteger mejor que la competencia, redistribuir mejor que el crecimiento.

No se trata de rechazar toda política industrial. Corea del Sur y Singapur las tuvieron. Pero siempre orientadas a la exportación, nunca al mercado cautivo. Siempre con metas medibles y empresas que quebraban si no competían. Siempre con apertura comercial real, no proteccionismo disfrazado de “soberanía productiva”. La diferencia entre una política industrial exitosa y una argentina es simple: la primera premia resultados, la segunda premia lobbies.

Si Colombia quiere evitar el destino argentino, debe hacer exactamente lo contrario de lo que propone la columna de Valencia. No consolidar políticas robustas de reindustrialización, sino consolidar instituciones robustas que permitan que cualquier industria compita. No cerrar la economía para “proteger lo nuestro”, sino abrirla más para que lo nuestro sea competitivo. No apostar a que Bogotá sabe mejor que Medellín, Cali y Barranquilla qué producir, sino dejar que los empresarios arriesguen su capital y no el del fisco.

La lección argentina no es que necesitamos más Estado en la economía. Es que necesitamos mejor Estado en lo que sí le corresponde: justicia predecible, infraestructura pública, educación de calidad, seguridad jurídica. Todo lo demás es repetir los errores de Buenos Aires esperando resultados distintos. Y eso, como sabemos desde Einstein, tiene un nombre preciso.

Espacio publicitario 728 × 120
Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

Ver todas sus columnas

La conversación

Para participar en la conversación necesitás registrarte como lector. Sin contraseñas — un enlace al correo y entrás.

Registrarme para comentar

Sé el primero en comentar.