Los colombianos debemos preguntarnos si nuestras universidades públicas aún pueden ser espacios donde lo erudito y lo experimental coexistan sin que uno anule al otro. El próximo 11 de julio, en el Auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, una lectura-performance llamada La gran confusión de las artes intentará responder esa pregunta mediante la obra misma del poeta. En tiempos de presión utilitaria sobre el saber, proponer que la poesía dialogue con la música electrónica, el videomapping y el archivo radiofónico equivale a reivindicar una concepción del conocimiento que no se doblega ni al mercado ni a la burocracia evaluativa.
La tensión central que articula este homenaje es si la “confusión fraternal de las artes” —esa prosa de 1946 donde conviven la escultura musical, la poesía plástica y la prosa de pastelería— puede traducirse en experiencia colectiva sin perder su rigor. Según reporta Cambio, Santiago Gardeazábal, productor del evento a través de la agencia Nova et Vetera, ha construido un proyecto que involucra a más de cuarenta personas: lectores, actores, músicos, traductores a idiomas que van del tagalo al ruso. La multiplicidad no es ornamento; es método. Como recordaba Hannah Arendt sobre el espacio público, la pluralidad de voces constituye su condición de posibilidad. Un homenaje reducido a liturgia académica habría traicionado al poeta; uno dispersado en mero espectáculo habría traicionado a la institución que lo cobija.
El gesto de recuperar el formato radiofónico merece detenimiento. Según Gardeazábal, citado por Cambio, León de Greiff no fue diletante de los medios: participó en la fundación de la Radiodifusora Nacional y desarrolló en ella programas como Extravagancia y capricho, donde su prosa alcanzó una densidad que, en opinión del productor, prefigura procedimientos joyceanos. La radio, ese medio que nació en 1895, año del nacimiento del poeta, aparece aquí no como nostalgia tecnológica sino como res publica sonora: un espacio donde lo literario, lo musical y lo performativo pueden recomponerse. Walter Benjamin dedicó páginas decisivas a las posibilidades estéticas de este medio. La referencia no es gratuita: Benjamin entendía la radio como técnica de democratización del arte que, sin embargo, exigía una nueva forma de atención. La pregunta que heredamos es si esa atención aún es posible cuando, según el mismo Gardeazábal en declaraciones a Cambio, el panorama de artes escénicas se encuentra saturado de efectos visuales y entretenimientos que han marginado con frecuencia al texto como eje del espectáculo.
La inclusión de la música electrónica —desde Edgar Varèse hasta el sintetizador VCS 3 de Peter Zinovieff y David Cockerell— opera en la misma dirección. No se busca ilustrar versos con sonidos, sino establecer un diálogo entre arquitecturas: la verbal y la sonora, la tradicional y la sintética. Cambio documenta que De Greiff conocía el Sonido 13 de Julián Carrillo y seguía con interés las vanguardias técnicas, pero también difundía músicas folclóricas en la Radio Nacional. Esa doble sensibilidad, que no establece jerarquías entre lo culto y lo popular, entre lo ancestral y lo contemporáneo, es quizás lo que más necesita recuperar la cultura institucional colombiana. La universidad que lo olvida se condena a la irrelevancia administrativa; la que lo asume sin fetichismo puede llegar a ser, en el sentido plebeyo de la palabra, útil.
Hay algo más en este proyecto que merece nuestra atención política. La agencia Nova et Vetera toma su nombre del último libro publicado en vida por De Greiff, y esa locución latina —“lo nuevo y lo antiguo”— funciona como programa de trabajo. Genera encuentros entre artistas de distintas generaciones, entre archivo y experimentación, entre lo local y lo internacional. Es una operación que, mutatis mutandis, debería interesar a quienes pensamos las instituciones públicas. La Dirección de Patrimonio Cultural de la Universidad Nacional y la Editorial de la Universidad aparecen aquí no como gestoras de memoria mortuoria, sino como facilitadoras de una memoria viva, capaz de traducirse a lenguas que el propio poeta no imaginó. Esa es la tarea de una universidad que no renuncia a su vocación pública: no preservar el pasado como reliquia, sino como problema abierto.
El encuentro de Gardeazábal con De Greiff a los doce años —una bolsa de basura en el Río Arzobispo, discos de 78 revoluciones, libros dedicados a una doña Esther de Bonitto— tiene la estructura de un relato fundacional. También tiene la estructura de una advertencia. La cultura, en Colombia, sobrevive a menudo por accidente, rescatada de la basura por manos privadas o por el azar de una vecindad. Que una universidad pública decida sistematizar ese rescate, convertirlo en programa institucional, es un gesto que debemos registrar sin entusiasmo ingenuo pero también sin cinismo. La pregunta que queda flotando, como debe quedar, es si este es un evento excepcional o si puede convertirse en práctica: si la confusión fraternal de las artes puede dejar de ser homenaje puntual para volverse hábito institucional. La respuesta, como suele suceder con las preguntas que valen la pena, no depende solo de quienes organizan, sino de quienes asistimos, escuchamos y exigimos que la universidad pública siga siendo, en el sentido más estricto, un lugar donde lo inesperado puede ocurrir.