Tomás Eloy Martínez escribió una vez que la utopía había sido el combustible del hombre en la historia. Sin ella, sugería, la fe en el futuro se desmorona. Hernando Taborda Muñetón retoma esa pregunta en un contexto donde el desencanto político es casi moneda corriente.
El debate de fondo no es nuevo, pero cobra sentido renovado. En 2026, cuando los gobiernos de izquierda en la región enfrentan desgaste acelerado, cuando las promesas de transformación radical chocan con la realidad administrativa, resurge la tensión entre lo que soñamos y lo que podemos hacer. Taborda sugiere que descartar la utopía no es realismo: es rendición.
Aquí está el nudo. La derecha institucionalista (la que defiende la Bitácora) suele rechazar la utopía como peligrosa, asociándola con autoritarismo y promesas incumplibles. Tiene razón en que las utopías totalitarias destruyeron vidas. Pero también tiene un problema: si todo proyecto de cambio es desechado como ingenuo, ¿quién articula las razones por las que el orden actual merece persistir? Un conservadurismo sin visión es solo nostalgia. Y la nostalgia no gana elecciones ni construye instituciones.
El columnista pone el dedo en algo incómodo: los “portadores de sueños” siguen existiendo, aunque estén desorientados. La pregunta real es si la política de centro-derecha puede ofrecer algo más que crítica al populismo. Si puede presentar una utopía propia: un orden donde el Estado funcione, donde los derechos se respeten sin que el comercio sea sacrificado, donde la institucionalidad sea un proyecto, no un musgo.
Eso no es retórica. Es lo que diferencia un proyecto político de una mera administración del desorden.