Hay un refrán que circula desde hace años: no discutas política ni religión si querés mantener la paz mental y la tranquilidad personal. Buen consejo. Pero en Colombia, ese consejo choca de frente con la realidad.
Somos un país de conversadores. La genética nos hizo generosos con el verbo. Entrás a una cafetería, a un transporte público, a una reunión familiar, y sin importar por dónde empiece la charla —el clima, el trabajo, la novela— terminamos hablando de política. Es casi inevitable.
Cifuentes, columnista de El Diario, nota algo que cualquiera que viva aquí reconoce: esa tendencia a politizar casi todo es tan estructural que parece imposible de frenar. No es solo que la gente quiera hablar de política. Es que la política, de alguna forma, permea todas las conversaciones. La salud, la economía, la seguridad, la educación: todo es política. Y todos tenemos una opinión.
El punto que emerge es incómodo pero real: ¿podemos realmente evitar estas conversaciones si queremos vivir en sociedad? ¿O la salud mental de un país depende, en parte, de que sus ciudadanos puedan hablar de estas cosas sin que termine en conflicto?
En el contexto actual, donde la polarización es palpable en redes sociales y en espacios físicos, esa capacidad de conversar sobre política sin destruir vínculos personales se vuelve casi un acto de resistencia. No es que hablemos más de política. Es que cuando lo hacemos, cada vez cuesta más hacerlo sin que alguien termine furioso.
El reto no es silenciarse. Es encontrar cómo seguir siendo comunicativos sin que la comunicación se vuelva un campo de batalla.