¿Qué distingue al atleta que deja de ser un fenómeno de su generación para convertirse en referencia de todas las épocas?
Kylian Mbappé, a sus veintisiete años, vuelve a obligarnos a formularlo. Su doblete ante Suecia el 30 de junio —primero una jugada individual que desarmó la defensa escandinava, luego una definición a pase de Michael Olise— no solo consolidó el 3-0 de Francia y perfiló a los galos como candidatos serios al título. También elevó su cuenta mundialista a dieciocho goles, distribuidos con una simetría casi matemática: tres Copas del Mundo, dieciocho partidos, un gol por encuentro. Esa regularidad, que Sofascore documenta con precisión estadística, es rara en un deporte donde el azar del calendario, la fatiga acumulada y la presión colectiva suelen erosionar hasta al talento más abrasador.
La cifra lo coloca a un tanto de Lionel Messi, quien con diecinueve ocupa la cima del registro histórico. La proximidad obliga a una reflexión que trasciende el mero ranking. Messi alcanzó su récord a través de cinco mundiales, desde Alemania 2006 hasta Qatar 2022, con una trayectoria que incluyó eliminaciones tempranas y finales perdidas antes de la coronación. Mbappé, en cambio, acumula con la eficiencia de quien no parece requerir la maduración por derrota. Ya fue campeón en 2018, subcampeón en 2022, y ahora lidera la tabla de goleadores del torneo vigente empatado con el argentino en seis tantos, aunque Messi aún debe disputar su dieciseisavos de final contra Cabo Verde.
La comparación, inevitable, nos devuelve a una tensión antigua en la historia del deporte: la que existe entre la magnitud del talento individual y la estructura institucional que lo rodea. Tocqueville observó en otra esfera que las democracias tienden a nivelar hacia abajo; en el fútbol contemporáneo, la globalización y la profesionalización han nivelado hacia arriba, multiplicando rivales competitivos. Que Mbappé mantenga promedio de gol unitario contra selecciones tan diversas como Perú, Argentina, Croacia, Dinamarca, Polonia, Senegal, Irak y ahora Suecia —todas con preparaciones técnicas y físicas sofisticadas— sugiere algo más que privilegio atlético. Sugiere una capacidad de adaptación que Hannah Arendt, aunque hablara de la acción política, quizás habría reconocido como genuina virtuosidad: la habilidad de ejecutar lo inesperado dentro de reglas compartidas.
Sin embargo, conviene resistir la tentación del presentismo. Los récords deportivos, como los constitucionales, adquieren sentido en la duración. Messi completó su arco narrativo; Mbappé apenas construye el suyo. La pregunta no es quién es superior, sino qué condiciones institucionales permiten que semejante talento se exprese sin distorsión. La selección francesa, con su infraestructura federativa y su política de integración de inmigrantes en la identidad nacional —tema que el propio Mbappé ha problematizado con lucidez—, ofrece un marco estable. No es menor que el jugador haya elegido el Real Madrid como plataforma clubística, institución que, con todos sus defectos, preserva una cultura de exigencia que Popper habría asociado a la sociedad abierta: la competencia permanente como corrector del error.
La Bota de Oro compartida provisionalmente entre ambos jugadores funciona, entonces, como metáfora de un momento de transición. El fútbol mundial no ha resuelto si estamos ante un traspaso de testigo o ante una coexistencia prolongada. Lo que sí resulta evidente es que Mbappé no se contenta con ser el mejor de su generación: persigue la inmortalidad estadística con la misma determinación que muestra al encarar a un defensa en velocidad.
Y aquí reside la paradoja que deja esta jornada. El deporte moderno, con sus métricas instantáneas y sus rankings permanentes, promete una especie de inmortalidad cuantificable. Pero la verdadera permanencia —la que asignan los aficionados décadas después— requiere algo que las cifras no capturan: la capacidad de transformar un partido en memoria colectiva. Dieciocho goles mundialistas son un dato. Que alguno de esos goles, como el de la final de 2022 o el de esta noche contra Suecia, permanezca en la narrativa que los colombianos de mi generación transmitimos a los que vienen, eso ya no depende del registro. Depende de que el talento, en su momento de máxima tensión, haya elegido la excelencia sobre la mera eficacia. Mbappé, por ahora, no nos ha dado motivos para dudar. Pero la historia, como suele, todavía está por escribirse.