¿Qué significa realmente ser el máximo goleador de la historia de los mundiales cuando el propio Messi, con 38 años, parece disputar su última Copa del Mundo, mientras Kylian Mbappé, con 27 y catorce goles en quince partidos, observa desde la distancia el récord con la paciencia de quien sabe que el tiempo juega a su favor? La pregunta no es retórica. Nos obliga a distinguir entre estadística y significado, entre acumulación y trascendencia.
Messi llegó a los diecisiete goles en Dallas, ante Austria, con la misma parsimonia con que ha construido toda su carrera: fallando un penal, marcando después, sin aspavientos. El dato, reportado por Caracol Radio, registra una progresión que comenzó en Alemania 2006, contra Serbia y Montenegro, y que tuvo su inflexión decisiva en Qatar 2022, donde siete de esos diecisiete goles —incluido el doblete en la final contra Francia— coronaron una narrativa que parecía exigir justamente ese desenlace. El fútbol, que rara vez concede redenciones tan perfectas, le otorgó a Messi lo que a Maradona le negó en 1990: la posibilidad de cerrar en lo más alto una historia que ya era legendaria antes de ese momento.
Pero aquí entra el problema que Tocqueville habría reconocido en su estudio de las democracias: la tentación de cuantificar lo que no admite medida. La tabla de goleadores, con Klose en dieciséis, Ronaldo en quince, Gerd Müller en catorce y Mbappé empatado con este último, ofrece una jerarquía numérica que resulta engañosa. Müller, por ejemplo, anotó catorce goles en trece partidos; Fontaine, trece en seis. La eficiencia desmiente la acumulación. Messi ha necesitado veintiocho partidos para sus diecisiete goles; Mbappé, si mantiene su ritmo, podría superarlos antes de los treinta años con una cifra sensiblemente menor de encuentros. ¿Hace esto al récord menos valioso? No necesariamente. Pero sí nos recuerda que los números, mutatis mutandis, son instrumentos de comparación, no de juicio definitivo.
La tradición liberal clásica en que me formo me inclina a desconfiar de los absolutismos, incluso —quizá especialmente— en el deporte. Pelé marcó doce goles en catorce partidos en una época donde los mundiales tenían formatos más cortos, donde los tackles eran legales hasta la médula, donde no existía la revisión del VAR para anular posiciones adelantadas milimétricas. Comparar eras es un ejercicio que Popper habría calificado de historicismo: la pretensión de establecer leyes generales donde solo hay contingencias. Y sin embargo, no podemos evitarlo. El deporte moderno vive de la comparación, de las listas, de los rankings que alimentan la conversación pública.
Mbappé, con su doblete inicial en este mundial y su juventud, representa una amenaza estadística que Messi no podrá contrarrestar en el campo. Es el destino de todo récord ser superado, como Klose superó a Ronaldo en 2014, como este último superó a quienes le precedieron. Pero hay algo en la manera particular en que Messi construyó su legado que resiste la pura aritmética. Los goles de Qatar 2022, especialmente, no fueron meros incrementos de una estadística: fueron momentos de una narrativa colectiva, puntos de inflexión en una historia que Argentina —y buena parte del mundo futbolístico— necesitaba que terminara de cierta manera.
Arendt, en su análisis del totalitarismo, distinguía entre la verdad fáctica y la verdad racional. El récord de Messi pertenece a la primera categoría: ocurrió, es verificable, no admite discusión. Pero la grandeza que se le atribuye pertenece a una segunda, más problemática: la construcción social de un significado que trasciende los hechos. Messi no es el máximo goleador porque diecisiete sea intrínsecamente mejor que dieciséis o quince; lo es porque esa cifra se insertó en una historia que ya habíamos decidido contar de determinada forma.
El fútbol, res publica de emociones que es, nos ofrece en este récord una parábola sobre la temporalidad de las instituciones. Los récords son instituciones informales: reglas no escritas que organizan nuestra memoria colectiva. Y como toda institución, requieren de reconocimiento para persistir. Messi no necesita diecisiete goles para que la mayoría considere que fue mejor que Klose; pero el fútbol, en su democracia de estadísticas, le otorgó ese reconocimiento formal. Mbappé, a su tiempo, lo reclamará con otros números, otras finales, otras historias.
La pregunta que deberíamos hacernos, entonces, no es quién es el verdadero máximo goleador —la respuesta cambiará inevitablemente— sino por qué necesitamos que exista uno solo. La obsesión por el único, por el primero, por el mejor en singular, refleja quizá una incapacidad nuestra para sostener la pluralidad de grandesezas que el deporte, en su larga historia, ha producido. Que Messi lo sea hoy no anula a Klose, ni a Müller, ni al Pelé de 1958-1970. Que Mbappé lo sea mañana, si lo es, no borrará lo que Messi significó para quienes lo vieron jugar.
El récord, en última instancia, no es una verdad que se posee: es una pregunta que se renueva cada cuatro años, cuando vuelve el balón a rodar y alguien, en alguna parte del mundo, tiene la audacia de creer que puede ser más.