¿Qué queda del deporte cuando la victoria se vuelve rutina? Argentina venció 2-0 a Austria con la parsimonia de quien administra un patrimonio, no de quien apuesta el capital en la primera jugada. Messi anotó, claro, y con ese gol se consolidó como el máximo artillero en la historia de los Mundiales. Pero más allá de la cifra —que ya es historia viva—, lo que importa es cómo se construyó: sin alharaca, sin el apuro desordenado que caracteriza a las selecciones que descubren tarde que el torneo se juega en tres tiempos, no en uno solo.
La pregunta que debería inquietar a los colombianos que seguimos estos torneos con envidia contenida es por qué algunas selecciones generan certidumbre mientras otras, con nóminas similares o superiores, naufragan en la ansiedad. Argentina llegaba con seis puntos posibles tras vencer a Argelia; Austria, con el mismo bagaje tras superar a Jordania. El duelo en el AT&T Stadium de Dallas era, en teoría, una final anticipada del Grupo J. En la práctica, fue un ejercicio de res publica futbolística: la gestión pública de un balón que no necesitó dramatismo para encontrar destino.
Gonzalo Montiel, ausente por sobrecarga en el isquiotibial derecho, simboliza algo que los sistemas de alto rendimiento aprenden tarde: la rotación no es debilidad, es inteligencia institucional. Las democracias deportivas —las que duran, las que ganan— entienden que el titular absoluto es una fantasía autoritaria. Scaloni, mutatis mutandis, ha construido una máquina que funciona sin depender del culto al individuo, aunque el individuo más brillante siga estando ahí, comandando.
Messi, a sus casi treinta y nueve años, juega ahora como Tocqueville describía la virtud cívica: no con el fervor del convertido, sino con la costumbre del que sabe que su papel es necesario pero no suficiente. Su gol no fue una epifanía; fue una confirmación. Y en esa confirmación reside la diferencia entre el espectáculo y la institución. El fútbol argentino dejó de ser, desde hace tiempo, el melodrama sudamericano que nos vendían. Es algo más parecido a lo que Popper llamaría sociedad abierta: adaptable, autocorrigible, resistente a la falsificación por una sola derrota.
Austria, por su parte, confirmó que el fútbol europeo de segunda línea ha aprendido a competir sin complejos, pero aún no ha aprendido a ganar sin ellos. Su derrota no fue humillante; fue educativa. El problema es que en un Mundial la educación se paga en tiempo real, sin posibilidad de cursar la materia de nuevo.
Los colombianos debemos observar estos partidos con una mezcla de admiración y autocrítica. No se trata de imitar el estilo argentino —cada tradición tiene su genio—, sino de entender que la consistencia no nace del talento individual sino de la paciencia colectiva. Nuestra selección, cuando ha brillado, lo ha heido por ráfagas; cuando ha fracasado, ha sido por impaciencia institucional, por querer resolver en un partido lo que solo se construye en una década.
Messi seguirá siendo noticia mientras siga jugando. Pero el verdadero legado de esta Argentina no es su goleador; es su capacidad para hacer del fútbol algo que ya no depende de él. Y eso, en el deporte como en la política, es la única victoria que perdura.