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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

Messi y la sexta danza en el umbral de los cuarenta

¿Qué significa para el deporte moderno que un futbolista compita en seis Mundiales? La respuesta trasciende las estadísticas.

Messi y la sexta danza en el umbral de los cuarenta — Deportes, ilustración editorial

La pregunta que deberíamos formularnos no es si Lionel Messi seguirá siendo decisivo con 38 años, sino qué revela de nuestra época que un atleta compita en seis Copas del Mundo con rendimiento competitivo intacto. Argentina venció 1-0 a Argelia con un gol que, según el relato de la BBC, mantuvo la lógica de un torneo donde los favoritos arrancan con el pie derecho. Pero más allá del resultado, el dato perturbador es otro.

Hace tres décadas, el físico del futbolista profesional rondaba los veintiocho años como techo de rendimiento óptimo. Hoy, Messi —como Cristiano Ronaldo antes que él, como Zlatan Ibrahimović en ligas menores— desafía esa curva con una combinación de ciencia del deporte, nutrición, gestión de la carga de entrenamiento y, no hay que omitirlo, una genética excepcional. La pregunta filosófica que esto plantea es si estamos presenciando la ampliación del umbral humano o meramente la concentración de recursos en una élite diminuta. Tocqueville observó en la Democracia en América que las sociedades modernas tienden a igualar oportunidades pero a polarizar resultados. El deporte globalizado parece confirmar la segunda mitad de esa ecuación.

El debut argentino en el Grupo J, con ese 1-0 trabajado contra un Argelia siempre incómoda, no altera las expectativas del torneo. Messi anotó; el sistema funcionó. Pero la rutina del dato —sexto Mundial, récord absoluto— riesga banalizar algo que debería inquietarnos: ¿hasta dónde puede extenderse la carrera de un atleta de élite sin que el espectáculo se degrade en homenaje nostálgico? Ya vimos en Qatar 2022 la tensión entre el desenlace perfecto de una narrativa personal y la calidad futbolística efectiva. La distinción es sutil pero crucial. Arendt, en La condición humana, distinguía entre el homo faber que produce objetos duraderos y el animal laborans atrapado en la repetición cíclica. Messi, en su sexta danza, oscila ambiguamente entre ambas categorías.

La selección argentina, campeona vigente, enfrenta una paradoja estructural. Dependencia y libertad coexisten: el equipo necesita de Messi para organizar su juego, pero necesita también demostrar que puede funcionar sin él en los minutos que ya no puede completar. El gol contra Argelia no resuelve esta tensión; la posterga. Scaloni, si es que continúa al frente del proyecto, gestiona una transición que no se atreve a nombrar como tal.

Hay un aspecto que pocas crónicas deportivas abordan con rigor: el costo de oportunidad de estas prolongaciones de carrera. Cada minuto de Messi en el campo es un minuto que no recibe un jugador de veintitrés años en plena maduración. Las federaciones, los clubes, los patrocinadores, tienen incentivos convergentes para extender el espectáculo comercial que el astro representa. El bien colectivo del fútbol argentino —su renovación generacional— compite con intereses privados perfectamente legítimos pero no idénticos. Popper, defensor de la sociedad abierta, advertía contra las instituciones que privilegian la estabilidad aparente sobre la crítica constructiva. ¿No ocurre algo similar cuando un sistema deportivo se aferra a sus figuras históricas más allá de la fecha de vencimiento obvia?

No propongo, claro está, que Messi deba retirarse. Su gol contra Argelia fue, por el relato disponible, un golazo. Pero los colombianos debemos aprender a leer estos eventos con la doble lente que ameritan: la del aficionado que celebra la proeza individual, y la del ciudadano que examina qué estructuras se benefician de ciertas narrativas. El deporte, como la política, nunca es solo lo que parece ser.

El Mundial 2026 acaba de comenzar. Argentina ganó. Messi hizo historia, otra vez. Pero la historia verdadera quizás sea la que no se cuenta en los marcadores: cómo una era se resiste a terminar, y qué consecuencias tiene esa resistencia para quienes vendrán después.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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