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La Bitácora

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Deportes · Análisis · 25 jul 2026

Millonarios abre la liga entre fichajes, abonados y una incógnita de identidad

El debut ante Bucaramanga en El Campín es más que un partido inaugural: es la primera prueba de un club que gasta, se vende y busca su estrella 17.

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Millonarios abre la liga entre fichajes, abonados y una incógnita de identidad — Deportes, ilustración editorial

¿Qué se pone realmente en juego cuando un equipo grande abre el torneo en casa contra un rival de mitad de tabla? La respuesta fácil sería: tres puntos. Pero el debut de Millonarios frente al Atlético Bucaramanga en El Campín, en la primera fecha de la Liga BetPlay 2026-II, ofrece una lectura más interesante para quien mire con atención: es el primer examen público de un proyecto que ha gastado fuerte en el mercado, que vive en vilo por una eventual venta del club y que carga con la expectativa —ya casi litúrgica— de la estrella diecisiete.

Los datos de la previa son elocuentes. La directiva azul, según reportó Infobae, anunció más de 16.600 abonados antes del partido y esperaba una asistencia superior a los 20.000 espectadores. En un país donde la asistencia a los estadios suele ser un termómetro más honesto que las encuestas de opinión, esa cifra dice algo: la hinchada responde cuando percibe que hay proyecto. Y lo hay, al menos en el papel. La nómina convocada por Fabián Bustos mezcla oficio y promesa —David Mackalister Silva, Daniel Ruiz, Leonardo Castro, el recién llegado Rodrigo Contreras— con una defensa reforzada que incluye a Jhonier Guerrero, presentado como una de las apuestas del semestre.

Pero el fútbol colombiano tiene una larga tradición de nóminas brillantes que se evaporan en noviembre. Aquí conviene recordar algo que los economistas del deporte repiten con insistencia: el gasto en fichajes explica una parte del rendimiento, pero no toda. La cohesión táctica, la estabilidad del cuerpo técnico y —factor subestimado— la salud institucional del club pesan tanto o más. Y es en ese último punto donde Millonarios ofrece más preguntas que certezas. Su presidente, Enrique Camacho, reconoció días atrás que existen inversionistas interesados en comprar el equipo. No hay nada intrínsecamente malo en ello; los clubes-empresa son la norma y no la excepción en el fútbol moderno. Pero una transacción de esa naturaleza en plena competencia introduce una variable de ruido que los vestidores, por profesionales que sean, no ignoran.

El rival de turno tampoco es un sparring inofensivo. Bucaramanga llega con un mercado de refuerzos ambicioso para sus dimensiones —José Ortiz, Diego Novoa, Christopher Fiermarín, Víctor Cantillo, Omar Albornoz— y con el antecedente fresco de haber vencido 2-1 a Millonarios en enero pasado en el Américo Montanini, con remontada incluida. El cuadro leopardo, además, resolvió a tiempo la sanción de Novoa, que el comité disciplinario de la Dimayor levantó a tiempo para este compromiso. Los equipos del interior del país ya no viajan a Bogotá a especular: viajan a competir. Esa democratización relativa del talento es, dicho sea de paso, una de las pocas tendencias sanas del fútbol rentado colombiano.

Hay, sin embargo, una sombra estructural que ninguna alineación puede disimular, y es la pelea de fondo por los derechos de televisión. El partido se transmite por Win + Fútbol en medio de una disputa abierta entre la Dimayor y el llamado grupo de los ocho clubes disidentes, un conflicto que amenaza con convertir cada fecha en un capítulo de guerra contractual. Los argentinos tienen una expresión para esto: el negocio se come al espectáculo. Cuando la distribución del ingreso televisivo se vuelve el tema dominante, el balón pasa a segundo plano, y con él el hincha, que es quien financia la fiesta con su abono y su suscripción. Tocqueville advertía que las asociaciones civiles prosperan cuando sus miembros perciben que las reglas son estables y predecibles; mutatis mutandis, una liga cuyas reglas económicas se renegocian cada semestre siembra desconfianza en todos los actores, empezando por los patrocinadores.

Volviendo a la cancha: la pretemporada azul dejó señales mixtas. Derrotas ante Universitario y Colo-Colo en amistosos internacionales, una goleada 8-1 en Copa Colombia que dice poco por la categoría del rival, y una eliminación sudamericana ante O’Higgins que todavía escuece. Bustos tiene material para armar un equipo protagonista, pero el fútbol no premia los inventarios sino los funcionamientos. La primera fecha, estadísticamente, rara vez define campeonatos; lo que define es la narrativa. Un tropiezo en casa contra Bucaramanga activaría de inmediato el ciclo de impaciencia que tan bien conocen los técnicos en Bogotá.

Los colombianos solemos decir que el fútbol es lo más importante entre las cosas menos importantes. Tal vez sea cierto. Pero clubes como Millonarios son también instituciones cívicas: ordenan calendarios, identidades barriales y conversaciones de café. Por eso su salud importa más allá del resultado del sábado. Un club que gasta bien, se gobierna con transparencia y respeta a su hinchada es un activo social; uno que vive de promesa en promesa y de crisis en crisis es apenas una marca en deterioro. El partido contra Bucaramanga durará noventa minutos. La pregunta de fondo —qué clase de institución quiere ser Millonarios en la próxima década— tardará mucho más en responderse, y no se resolverá en El Campín sino en las decisiones silenciosas de sus dirigentes.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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