Hay una pregunta que atraviesa la historia del deporte de motor y que el sábado en el Hungaroring volvió a formularse con crudeza: ¿de qué sirve tener la razón cuando el resultado ya no se puede reparar? Sebastián Montoya lideró media carrera sprint de la Fórmula 2 en Hungría, defendió la punta con oficio, resistió la presión del italiano Gabriele Minì hasta que su monoplaza dijo basta, y cuando ya se resignaba a un segundo lugar que sabía a consuelo honorable, el líder del campeonato, el búlgaro Nikola Tsolov, se lanzó desde una distancia imposible por el interior de la primera curva y lo sacó de carrera. Los comisarios estudiaron el incidente y sancionaron a Tsolov con cinco posiciones de parrilla para el domingo. Montoya, en cambio, se fue sin puntos. La justicia deportiva funcionó; la compensación, no.
El episodio tiene una resonancia que excede lo anecdótico. El joven colombiano, hijo de uno de los pilotos más grandes que ha dado este país, cargó con la frustración con una frase que resume la impotencia del inocente: al llegar al pit-lane, donde lo esperaba su padre, Juan Pablo Montoya, se limitó a decir que no había sido él, que el otro se había tirado. La transmisión captó ese instante, y en él hay algo que cualquier observador de la condición humana reconoce de inmediato: la necesidad de declarar la propia inocencia ante quien mejor entiende lo que significa perder así. Juan Pablo Montoya conoce ese guion de memoria; lo vivió en pistas de medio mundo, en una época en la que los adelantamientos suicidas eran moneda corriente y las sanciones, una lotería.
Desde la perspectiva de quien escribe, acostumbrado a examinar instituciones más que trayectorias deportivas, el caso ofrece una parábola útil sobre los límites de toda justicia correctiva. Los comisarios de la Fórmula 2 hicieron lo que el reglamento manda: identificaron al responsable, cuantificaron la infracción y aplicaron la pena correspondiente. Pero el daño sufrido por Montoya —la pérdida de un podio que habría sido apenas el segundo de su temporada, la pérdida de puntos que lo mantienen en el puesto dieciséis del campeonato con apenas veintiocho unidades— quedó sin remedio. Es la asimetría clásica entre la sanción y la reparación, un problema que el derecho conoce desde hace siglos y que el deporte resuelve con la misma insuficiencia con que lo resuelven los tribunales ordinarios: castigando al culpable sin poder restituir al damnificado. Mutatis mutandis, es la misma frustración que siente cualquier ciudadano cuando el Estado condena al responsable de un agravio pero no le devuelve lo perdido.
Sería injusto, sin embargo, reducir la crónica del sábado a una queja. Montoya largó desde la punta gracias a la parrilla invertida, una regla que premia la consistencia del viernes, y supo defender esa posición con una madurez que no siempre se ve en pilotos de su edad. Que el rendimiento de su Prema no le permitiera abrir brecha sobre Minì no es demérito suyo; es la realidad de una categoría en la que las diferencias entre equipos, aunque menores que en la Fórmula 1, siguen siendo decisivas. El bloqueo de ruedas en la vuelta dieciséis que le costó el liderato fue un error, sí, pero un error de quien estaba empujando al límite un auto que no respondía. Hay una distinción que conviene hacer: perder por falta de ritmo no es lo mismo que perder por impericia. Montoya perdió por lo primero, y eso, en términos de proyección, es una noticia mejor de lo que sugiere el resultado.
El dato que debería preocupar a quienes siguen su carrera es otro: es la tercera vez esta temporada que larga desde la primera fila o desde la punta —Spielberg, Spa, ahora Budapest— sin convertir esa ventaja en resultado. Tres oportunidades desperdiciadas, cada una con circunstancias distintas, pero con un denominador común que ningún piloto puede ignorar: en las categorías de formación, la ventana se cierra rápido. La Fórmula 2 no espera a nadie, y el palmarés de quienes han pasado por ella muestra que los que llegan a la Fórmula 1 son los que convierten las ocasiones en victorias, no los que acumulan justificaciones. Montoya tiene veinte años, talento evidente y un apellido que abre puertas pero que también exige. El domingo largará décimo en la carrera principal, una posición desde la que ya no se gana con facilidad pero desde la que se puede demostrar carácter.
Hay algo en el automovilismo colombiano que recuerda la condición trágica de ciertos pueblos: la cercanía permanente de la gloria y su frustración reiterada. Juan Pablo Montoya ganó en la Fórmula 1, en la IndyCar, en NASCAR, en las 500 Millas de Indianápolis; fue, sin discusión, uno de los pilotos más completos de su generación. Pero ni siquiera él logró el campeonato mundial que su talento merecía. Sebastián no carga solo con su propia carrera; carga con la expectativa de un país que aprendió a amar la velocidad gracias a su padre y que ahora busca en el hijo una continuidad que el deporte rara vez concede de forma lineal. Esa carga es injusta, pero es real, y manejarla con serenidad es parte del oficio.
El domingo, cuando se apaguen los semáforos en el Hungaroring, Montoya tendrá una nueva oportunidad. No la que merecía —esa se la llevó Tsolov en la primera curva del sábado—, pero sí la que tiene. Y en el deporte, como en la vida, no siempre se compite con las cartas que uno merece, sino con las que le tocan. La pregunta que queda abierta no es si Montoya tiene talento —lo tiene—, sino si logrará convertir la frustración en combustible antes de que la paciencia del calendario se agote. La historia del automovilismo está llena de pilotos que tuvieron la razón y perdieron; los que trascienden son los que aprenden a ganar sin necesidad de tenerla.