¿Qué vale una victoria cuando nadie la presencia? La pregunta no es retórica. El pasado martes, Atlético Nacional debutó oficialmente bajo el mando de Lucas González con un triunfo 2-0 sobre Tigres en la Copa Colombia, y lo hizo en el estadio Cincuentenario de Medellín —no en el Atanasio Girardot, que se remodela— ante graderías completamente desiertas. La causa: la sanción que pesa sobre la institución verdolaga desde la final de la Liga ante Junior. El equipo ganó, y ganó bien según el parte de Caracol Radio, pero el partido se jugó en una suerte de limbo institucional que debería inquietar a cualquiera que entienda el fútbol como algo más que veintidós hombres detrás de un balón.
Hay que reconocer primero lo deportivo, porque este espacio no es panfleto ni siquiera en materia de clubes. González alineó un once prudente y funcional: Marquínez en el arco; Perlaza, Parra, Haydar y Velásquez atrás; un mediocampo con Zapata, el juvenil Andrés Marín —apenas 19 años, detalle que habla de cierta apuesta por la cantera—, Nicolás Rodríguez, Cardona y Rengifo; y Kevin Parra en punta. Los goles llegaron en el primer tiempo: uno de media distancia de Zapata tras buena combinación colectiva, otro de cabeza de Perlaza, lateral convertido en delantero ocasional tras centro de Cardona. El segundo tiempo fue administración. Cinco cambios, control del balón, ningún sobresalto. Un debut correcto, sin estridencias, que es exactamente lo que se le pide a un técnico nuevo en una competencia de eliminación directa.
Pero el dato deportivo convive con uno institucional que no puede pasarse por alto. El partido se jugó sin público por sanción, y esa sanción tiene una historia: los incidentes de la final ante Junior, un episodio más en la larga crónica de violencia que el fútbol colombiano no logra extirpar. Tocqueville observaba que las asociaciones civiles son la escuela de la democracia; el estadio, mutatis mutandis, es una de las pocas asociaciones masivas que le quedan a este país. Cuando la conducta de una minoría cierra las puertas a todos, lo que se castiga no es solo al club sino a la idea misma de comunidad. La sanción es necesaria —la impunidad sería peor—, pero su repetición crónica sugiere que el sistema sancionatorio colombiano castiga sin prevenir, y esa es una distinción que cualquier jurista reconoce como el fracaso de una norma.
Conviene también mirar el contexto del plantel. Nacional jugó sin Morelos, intoxicado; sin Arango, fatigado; sin Rivero, fracturado; y sin Armani, el arquero argentino recién llegado a Medellín que observó el partido desde las tribunas. Es decir, el equipo que venció a Tigres era una versión mermada de lo que González tiene en mente. Esto puede leerse de dos maneras: como señal de profundidad del plantel, o como advertencia de que el calendario —Liga que arranca el sábado contra Boyacá Chicó en Tunja, vuelta de Copa el martes en Bogotá, posibles octavos contra Deportivo Cali— exigirá rotaciones constantes a un cuerpo técnico que todavía está conociendo a sus jugadores. La prudencia aconseja no sacar conclusiones de un partido contra un rival de la B, y menos de un primer tiempo bien resuelto.
Hay, sin embargo, un detalle que merece subrayarse, y es la presencia del juvenil Marín en el once titular y los minutos de Lozano desde el banco. El fútbol colombiano vive de exportar talento joven —la noticia del mismo día sobre Samuel Martínez fichando por el Liverpool lo confirma— pero rara vez se detiene a cultivarlo con paciencia. Si González entiende que un club como Nacional debe ser formador y no solo comprador de figuras en declive, habrá entendido algo que varios de sus antecesores no entendieron. Es pronto para saberlo. Los debuts, como los primeros cien días de los gobiernos, anuncian intenciones más que resultados.
La ironía final es que el partido más silencioso del semestre pueda resultar el más elocuente. Nacional ganó sin su goleador, sin su arquero estrella, sin su estadio y sin su gente, y aun así ganó. Pero un club que se acostumbra a jugar a puerta cerrada corre el riesgo de olvidar para quién juega. La sanción se cumplirá, el Atanasio se remodelará, Armani debutará y las tribunas volverán a llenarse. La pregunta que queda flotando sobre el Cincuentenario vacío es si, cuando todo eso ocurra, habremos aprendido algo sobre por qué se vaciaron en primer lugar. El fútbol, como la res publica, no se sostiene con victorias solas.