¿Qué distingue a las selecciones que trascienden el mero talento individual para construir algo que parece, en el sentido más antiguo de la palabra, una res publica en el campo? La segunda fecha del Grupo F del Mundial 2026 ofrece dos respuestas divergentes pero igualmente contundentes: la maquinaria histórica de los Países Bajos y la disciplina sistémica de Japón.
Los neerlandeses, tras un empate inicial contra los propios japoneses que despertó interrogantes sobre la continuidad del proyecto de Ronald Koeman, respondieron con una exhibición de cinco goles contra Suecia en el NRG de Houston. El 5-1 no es, sin embargo, una cifra que cuente toda la historia. Lo relevante reside en la velocidad con que el equipo reconstruyó su identidad: el gol de Brobbey al minuto seis, servido por Cody Gakpo, funcionó como declaración de principios. Gakpo terminaría con un hat-trick, pero fue la circulación colectiva —ese toque holandés que remite a Cruyff sin caer en la nostalgia barata— lo que desarticuló a una Suecia que había llegado con la confianza de su propia goleada inicial contra Túnez.
La lección de Países Bajos es, en cierto modo, la de las sociedades abiertas que Karl Popper defendía: la capacidad de autocorrección. Koeman no insistió en lo que falló contra Japón; ajustó, presionó más alto y encontró en Summerville un desequilibrante que Suecia no supo neutralizar. El único tanto sueco, obra de Anthony Elanga, llegó cuando el partido ya era un ejercicio de aritmética humillante.
Si los neerlandeses representan la tradición que se reinventa, Japón encarna algo que Hannah Arendt habría reconocido: la organización como antídoto contra la arbitrariedad. El 4-0 contra Túnez no tuvo la épica del otro encuentro, pero exhibió una eficiencia que bordea lo geométrico. Kamada abrió al cuarto minuto; Ueda, con un doblete, cerró la cuenta. La posesión fue asiática casi en sentido literal: el balón circuló por territorio japonés con la naturalidad de quien habita un espacio propio.
Túnez, eliminado con nueve goles recibidos en dos partidos, ilustra el riesgo de las selecciones que llegan al Mundial sin una estructura institucional sólida detrás. No es cuestión de talento individual —el fútbol africano lo ha demostrado sobradamente— sino de lo que Tocqueville llamaría las “formas” del juego: esa infraestructura invisible que permite que el talento se traduzca en resultados sostenibles.
La tabla, mutatis mutandis, refleja esta realidad. Países Bajos lidera con cuatro puntos y diferencia de gol +4, igualado con Japón en ambas cifras. Suecia, con tres puntos, conserva una ventaja matemática que depende más de lo que hagan otros que de sus propias fuerzas. Túnez cierra con cero y -8, una sentencia que se escribió antes del pitido final.
La última fecha definirá si el orden holandés o el orden japonés prevalece para llevarse el primer lugar del grupo. Pero ambos ya han demostrado algo que el torneo no siempre garantiza: que hay equipos capaces de pensar el fútbol como una construcción colectiva, no como un conjunto de individualidades que coinciden en el campo. En tiempos de futbolistas-marca y de selecciones que dependen de un solo nombre, esto no es poca cosa.