En vísperas de la primera vuelta presidencial del 31 de mayo, Paola Turbay anunció públicamente su apoyo a Paloma Valencia. El dato no es trivial: una figura de visibilidad mediática moviliza voto en un segmento electoral específico, en momentos en que Valencia se posiciona en tercer lugar según encuestas recientes.
Turbay construyó su argumento desde la autocrítica electoral. No votó por Gustavo Petro en 2022, pero reconoció que esperó resultados favorables para el país. Según reportó Infobea Colombia, Turbay afirmó que el Gobierno “no da resultado” y que Colombia está “más endeudada que nunca”. Mencionó cifras sobre informalidad laboral, niveles de inseguridad comparables a hace una o dos décadas, deterioro en pensiones y el caso de corrupción en la Ungrd. Su balance: una gestión económica fallida.
Valencia, ubicada en tercer lugar, necesita consolidar apoyo antes de una probable segunda vuelta. Turbay le proporciona dos activos: legitimidad entre sectores que podrían abstenerse y una narrativa que busca reposicionar a los empresarios. Cuando Turbay dice que hay que eliminar la narrativa que pinta a los empresarios como “la élite, la oligarquía”, está reforzando un mensaje central de Valencia sin necesidad de discurso partidario.
El patrón político es más amplio. María Claudia Tarazona, viuda de Miguel Uribe Turbay, también respalda a Valencia con aval del Centro Democrático. Ambas figuras femeninas de peso mediático convergen en la misma candidata. En contraste, Miguel Uribe Londoño, padre del precandidato fallecido, optó por otra ruta: el Demócrata Colombiano. La división es visible.
No es un escándalo. Es política electoral de visibilidad: figuras públicas movilizan voto en el segmento que ya las sigue. En una carrera cerrada donde Valencia compite por evitar tercera posición, cada apoyo suma.