La bicicleta volvió a ocupar espacio en la conversación pública colombiana el miércoles. La ocasión fue el Día Mundial de la Bicicleta, efeméride que la ONU proclamó en 2018 para visibilizar un medio de transporte que concentra promesas ecológicas, económicas y de salud pública. En Pereira, el columnista Rubén Darío Franco Narváez retomó la reflexión de H.G. Wells: cada adulto en bicicleta es un acto de fe en el futuro.
El dato importa menos por la novedad que por lo que expone. Ciudades como Pereira, Cali, Barranquilla y Medellín han sumado ciclovías en los últimos cinco años. Pero la infraestructura sigue siendo fragmentada. Un ciclista en una ciudad intermedia no tiene continuidad de rutas; termina bajándose de la bicicleta cada cinco cuadras o arriesga su seguridad en vías sin separador.
Aquí es donde la tendencia en redes (hashtags sobre movilidad sostenible) se cruza con la realidad institucional. El gobierno nacional habla de ciudades verdes. Los gobiernos locales carecen de presupuesto. Y el usuario final —el adulto que quiere ir en bicicleta al trabajo— sigue viendo ciclovías como adorno, no como sistema. La brecha entre intención y ejecución es donde viven los datos reales: en Cali, por ejemplo, menos del 3% de los desplazamientos diarios son en bicicleta, según cifras del Observatorio de Movilidad. En ciudades europeas con infraestructura consolidada, ese número alcanza 25%.
El Día Mundial de la Bicicleta es válido como anzuelo para conversar sobre transporte. Pero si la conversación no lleva a decisiones presupuestales concretas en los municipios, seguirá siendo un hashtag más en la timeline.