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Cultura política · Análisis · 16 may 2026

Pereira descubre bajo el cemento lo que olvidó en los libros

Las excavaciones del nuevo hospital regional devuelven a la superficie una pregunta incómoda: ¿por qué construimos sobre la memoria sin preguntarnos qué enterramos?

Pereira descubre bajo el cemento lo que olvidó en los libros — Cultura política, ilustración editorial

Durante las excavaciones para el nuevo hospital regional de Pereira, la tierra empezó a devolver lo que la ciudad había olvidado. Aparecieron fragmentos cerámicos, vestigios de asentamientos humanos, capas de suelo que hablan de una ocupación anterior a las narrativas oficiales del poblamiento regional. La noticia podría leerse como anécdota arqueológica, pero plantea una pregunta más honda: ¿por qué las ciudades colombianas construyen sobre su pasado sin detenerse a preguntarse qué están sepultando?

La respuesta fácil es la urgencia. Pereira necesita un hospital, el Eje Cafetero tiene déficit de infraestructura sanitaria, el cronograma de obra no admite demoras. Pero esa prisa revela una jerarquía cultural: lo que está bajo tierra no cuenta tanto como lo que se levanta encima. Es una forma de amnesia institucional, no deliberada pero sistemática. Las sociedades que no documentan su memoria terminan repitiéndola sin saberlo, o borrándola sin darse cuenta.

Lo interesante del hallazgo no es solo lo que apareció, sino lo que no sabíamos que estaba ahí. Pereira se piensa a sí misma como ciudad moderna, fundada en 1863, hija del comercio y la colonización antioqueña. Esa narrativa funciona para el turismo y el marketing territorial, pero es incompleta. Los pueblos indígenas Quimbaya, Pijao y Embera ocuparon este territorio durante siglos antes de que llegara el primer colono con hacha y escritura. Sus huellas quedaron en la toponimia (Otún, Consota), en algunos museos regionales y, ahora sabemos, bajo el cemento de las obras públicas.

El problema no es que existan vestigios arqueológicos —eso es esperable en cualquier región habitada—, sino que su aparición sorprenda. Significa que los estudios previos de impacto patrimonial fueron insuficientes o inexistentes. Significa que la planeación urbana no incorpora la dimensión histórica del territorio. Y significa, sobre todo, que la relación entre desarrollo y memoria sigue siendo conflictiva en Colombia: como si hubiera que elegir entre progresar o recordar.

No es una disyuntiva real. Las ciudades que mejor integran su patrimonio arqueológico no son menos modernas: son más conscientes de su continuidad histórica. Lima protege la huaca Pucllana en medio de Miraflores. Ciudad de México convirtió el Templo Mayor en museo sin renunciar al metro. Bogotá misma tiene el Parque Arqueológico de Facatativá, aunque lo visite poca gente. La diferencia no está en la abundancia de vestigios, sino en la voluntad institucional de incorporarlos al relato urbano.

Lo que Pereira descubrió bajo sus excavaciones es, en el fondo, una oportunidad. Puede tratarse como obstáculo burocrático —pausar la obra, cumplir el protocolo del Instituto Colombiano de Antropología e Historia, seguir adelante— o como ocasión para repensar la narrativa de la ciudad. ¿Qué significa fundar un hospital sobre un asentamiento precolombino? ¿Es posible que el edificio dialogue con lo que encontró debajo, aunque sea mediante una placa informativa o un pequeño centro de interpretación?

La memoria no es ornamento. Es sustrato. Las sociedades que ignoran su historia no se vuelven más eficientes: se vuelven más frágiles, porque pierden el sentido de pertenencia que sostiene los proyectos colectivos a largo plazo. Un hospital es infraestructura, pero también es símbolo: dice qué cuida una comunidad y qué descarta. Si Pereira decide que lo encontrado bajo tierra no merece más que un informe técnico archivado, habrá perdido la chance de construir sobre memoria en lugar de construir sobre olvido.

No se trata de museificar cada metro cuadrado ni de paralizar el desarrollo. Se trata de que la planeación territorial incluya desde el principio la dimensión patrimonial, no como trámite sino como componente del diseño. Que los arquitectos consulten a los arqueólogos antes de clavar la primera pala. Que los alcaldes entiendan que un hallazgo no es un problema, sino un activo cultural que puede enriquecer el proyecto si se gestiona bien.

Las huellas silenciosas de Pereira no pedían ser descubiertas. Estaban ahí, esperando que alguien preguntara. Ahora que salieron a la luz, la ciudad tiene que decidir qué hace con ellas: si las cubre de nuevo o si las incorpora a su relato. Esa decisión dirá más sobre Pereira en 2026 que cualquier hospital, por moderno que sea.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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