El Instituto Técnico Marco Fidel Suárez en Pereira está poniendo en práctica lo que pocas escuelas en Colombia se atreven: hacer de la educación emocional una materia curricular con asignación de recursos y seguimiento institucional. Según reporta El Diario, la institución ha estructurado talleres sistemáticos donde docentes coordinan espacios para que los estudiantes identifiquen, nombren y regulen sus propias emociones durante la jornada escolar.
Lo notable no es que exista educación emocional en el país—eso tiene décadas de antecedentes pedagógicos. Lo notable es la diferencia entre un programa que vive en la malla curricular formal y uno que existe como piloto temporal o agregado decorativo. Cuando una iniciativa está institucionalizada, no desaparece con cambios de administración. No depende de la voluntad individual de un profesor. Tiene continuidad.
Eso importa porque revela un vacío en el debate educativo nacional. La discusión sobre escuelas en Colombia gira alrededor de infraestructura y cobertura—ambas críticas, ambas urgentes. Pero hay un eslabón que rara vez se nombra: qué ocurre cuando un estudiante procesa información sin herramientas para metabolizarla emocionalmente. ¿Qué tipo de adulto se forma cuando la regulación emocional no es parte del aprendizaje?
En un contexto donde las redes sociales operan con lógica de polarización y donde la política se mueve cada vez más por activación de afectos sin filtro, la diferencia entre un ciudadano que vota por quien lo hace sentir mejor y uno que vota por quien piensa mejor tiene consecuencias reales. Una escuela que enseña diferenciación emocional desde los 14 años cambia el perfil de decisión política a largo plazo.
Lo que distingue a Marco Fidel Suárez es precisamente eso: que la propuesta no depende de coyunturas sino de estructura. Cuando cambian directores, cuando hay transiciones municipales, la educación emocional sigue siendo parte del día a día. Eso es institucionalización real.
Fuente: El Diario, “Emociones al tablero”, un aula que siente