El Planetario Nocturno abre sus puertas nuevamente este sábado en Cali. No es un evento menor. En un país donde la educación en ciencias batalla contra la precaridad de infraestructura, iniciativas así funcionan como puertas de entrada a universos que muchos nunca verán de otro modo.
Lo interesante del formato no es solo que sea “para toda la familia” (ese es el reclamo obligatorio). Es que los organizadores decidieron desmontar un mito: que la astronomía es territorio exclusivo de fórmulas y calculadoras. Según la propuesta, el evento busca mostrar que las estrellas son también narrativa. Que cada constelación carga historia, que diferentes culturas leyeron el cielo de formas distintas, que preguntar por nuestro lugar en el universo es un acto político y existencial, no solo técnico.
Eso importa en Cali, una ciudad que históricamente ha invertido poco en ciencia de base. Los planetarios y observatorios no son lujos: son herramientas de movilidad cognitiva. Un niño que mira una lluvia de meteoros desde un telescopio ve posibilidades donde antes solo había límite. No es magia. Es que la experiencia directa cambia arquitecturas mentales.
El reto ahora es que el evento no sea un espectáculo aislado. Que no cierre el domingo y vuelva a dormirse. La sostenibilidad de estas iniciativas depende de que generen redes: con escuelas, con grupos comunitarios, con medios locales que amplíen el mensaje más allá del sábado. Cali tiene potencial de convertirse en hub de divulgación científica. Pero eso requiere consistencia, no solo nostalgia de un planetario que regresa de vez en cuando.