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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 19 jun 2026

¿Puede el fútbol construir res publica en tiempos de fragmentación?

El Mundial 2026 obliga a preguntarnos si el deporte masivo sigue siendo espacio de encuentro ciudadano o mero espectáculo globalizado.

¿Puede el fútbol construir res publica en tiempos de fragmentación? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda del fútbol como agregador de comunidad política cuando las selecciones nacionales se despliegan como marcas corporativas en estadios que parecen sedes de convenciones multinacionales? La pregunta me asaltó al seguir la previa del Estados Unidos-Australia en Seattle, partido que podría sellar la clasificación de uno de los dos en el Grupo D del Mundial 2026. Ambos equipos llegan con victorias contundentes: los norteamericanos golearon 4-1 a Paraguay con una autoridad histórica, y los australianos vencieron 2-0 a Turquía con una solidez que no exhibían desde Alemania 2006.

El dato que retiene la atención no es meramente deportivo. Estados Unidos, según documenta Caracol Radio, no marcaba cuatro goles en un partido mundialista desde 1930, edición inaugural en que aquella selección semiamateur alcanzó las semifinales antes de desaparecer décadas del mapa competitivo. La referencia a Corea-Japón 2002 como última instancia de progreso real —cuartos de final— completa un arco de noventa y seis años de frustración interrumpida. No es exagerado decir que el fútbol estadounidense ha vivido como nación sin alma colectiva en este terreno: individualidades dispersas, ligas que atraen estrellas declinantes del exterior, ausencia de narrativa compartida. Mauricio Pochettino, argentino de formación europea, parece encarnar esa condición híbrida.

Australia ofrece simetría inversa. Su victoria inaugural contra Turquía, con un arquero novato —Patrick Beach— preferido al capitán histórico Mathew Ryan, sugiere una renovación desde la base que los norteamericanos aún no logran. La decisión técnica, arriesgada y exitosa, evoca lo que Tocqueville observaba en las democracias incipientes: la confianza en el mérito sobre la antigüedad como principio organizador. Curiosamente, el antecedente directo entre ambas selecciones favorece a Estados Unidos —victoria amistosa 2-1 previa al torneo—, pero los amistosos, como sabemos, son simulacros donde las comunidades políticas verdaderas no se exponen.

Aquí reside la tensión que quiero explorar. El Mundial de la FIFA, heredero de los rituales olímpicos modernos, fue concebido como tecnología de cohesión nacional en el siglo XX. Las selecciones representaban, con todas sus limitaciones, algo que Arendt habría reconocido como espacio público improvisado: ciudadanos suspendiendo sus diferencias para constituir, mutatis mutandis, un “nosotros” transitorio pero real. ¿Persiste esa función cuando los jugadores son activos globales, cuando los patrocinios determinan el calendario, cuando el consumo mediático individual desplaza la congregación colectiva?

Estados Unidos y Australia son casos límite para esta indagación. Ninguna nación posee tradición futbolística arraigada en la identidad popular; ambas construyen su relación con el deporte desde la marginalidad respecto de las potencias establecidas. Su encuentro en Seattle, ciudad del Pacífico conectada más con Asia que con la costa este estadounidense, simboliza geográficamente esa deslocalización. El partido no es Derby ni clásico; es, en el mejor de los casos, oportunidad de consolidar narrativas nacionales que aún no existen del todo.

La oposición entre ambos modelos —renovación australiana versus explosión estadounidense— merece atención sin entusiasmo panfletario. El gobierno colombiano actual, con su retórica antiimperialista, celebraría probablemente cualquier tropiezo del equipo norteamericano; la oposición institucionalista, en cambio, podría exagerar el significado de una victoria como prueba de “valores” compartidos. Ambas posturas me parecen igualmente reduccionistas. El fútbol no es metáfora de régimen político, ni la selección estadounidense encarna el orden liberal que este medio defiende. Reconocer esto no es cinismo: es precisión analítica que preserva la credibilidad cuando sí corresponde emitir juicio.

Lo que sí puedo afirmar, documentando el dato, es que Estados Unidos no encadenaba dos victorias en fase final mundialista desde 1930. El corte estadístico es brutal: noventa y seis años de intermitencia. Si Pochettino logra romperlo, habrá construido al menos una página de memoria colectiva que antes no existía. Los australianos, por su parte, buscan su primer liderato de grupo en dos décadas. Ambas aspiraciones son modestas en términos del palmarés global, pero significativas para comunidades nacionales que necesitan —como todas— rituales de reconocimiento mutuo.

La pregunta central, entonces, no es quién ganará en Seattle. Es si ese posible triunfo generará algo más duradero que estadísticas y patrocinios renovados. La res publica del siglo XXI parece haber migrado a otros ámbitos, o simplemente haberse diluido. El fútbol, con su capacidad única de sincronizar emociones masivas, sigue siendo candidato plausible para recomponerla. Pero el candidato no garantiza el resultado. Como en toda comunidad política verdadera, la cuestión está en si los ciudadanos —espectadores, en este caso— están dispuestos a salir de su aislamiento individual para constituir, aunque sea noventa minutos, un nosotros compartido. El partido lo juegan once contra once; la comunidad, si es que sobrevive, la construye quien mira.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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