¿Es posible admirar la obra de quien combate nuestras ideas sin traicionar los propios principios? La pregunta, que parece retórica, adquirió cuerpo esta semana cuando Abelardo de la Espriella explicó por qué conserva en su oficina un cuadro de Carlos Jacanamijoy, pintor de reconocida trayectoria internacional y también, ahora, vocal de apoyo a Iván Cepeda. La respuesta del jurista fue sencilla: “Reconocemos lo bueno aunque no compartamos sus ideas”. Pero detrás de esa sencillez hay una tensión que los colombianos debemos aprender a sostener sin rompernos.
La historia no es nueva. Desde la res publica romana hasta las sociedades abiertas que Karl Popper defendió contra el totalitarismo, la civilización política ha dependido de una capacidad que hoy parece en extinción: distinguir la persona de la idea, el talento de la adhesión. De la Espriella, con ese cuadro en la pared, hace algo más que decorar un despacho. Establece, mutatis mutandis, una frontera que la polarización contemporánea quiere borrar: la frontera entre el adversario político y el enemigo absoluto. Hannah Arendt, quien tanto meditó sobre la banalidad del mal, advertía que el totalitarismo comienza cuando se niega la pluralidad humana misma. Conservar el retrato del otro, en ese sentido, es un acto de resistencia menor pero no por eso insignificante.
El gesto cobra relieve porque ocurre en un contexto donde los apoyos culturales se han vuelto armas de campaña. Jacanamijoy no aparece solo como artista: aparece como símbolo, primero en la casa familiar de Santiago de Putumayo junto a Cepeda, luego en las redes como referente de una Colombia que el candidato quiere representar. Feid, Systema Solar, Margarita Rosa de Francisco, John Leguizamo: la lista de adherentes culturales funciona como cartografía de pertenencia. En ese escenario, la pregunta de un periodista sobre el cuadro en la oficina de De la Espriella no era inocente. Buscaba, como suelen buscar estas cosas, la incoherencia, la contradicción expuesta, el gotcha que confirme que en política todo es posesión tribal.
La respuesta del jurista, sin embargo, desarmó esa lógica sin caer en la condescendencia. No dijo “también aprecio el arte indígena” como quien pide crédito multicultural. Dijo algo más incómodo: que la izquierda radical no haría lo mismo, que hay una asimetría en la capacidad de reconocimiento. Aquí conviene la prudencia. Generalizar sobre “la izquierda” o “la derecha” es siempre tentador y casi siempre falso. Pero De la Espriella tocó una fibra que merece atención: en Colombia, la polarización no es simétrica en sus métodos, aunque sí en sus pasiones. Hay sectores que conciben la política como extensión de la moral personal, donde cada gesto público debe alinearse con cada convicción privada. Otros, en cambio, preservan espacios de autonomía que la ideología no coloniza del todo. El arte, la amistad, la memoria familiar: territorios que resisten la totalización.
Alexis de Tocqueville observó en la democracia norteamericana una tendencia peligrosa: la tiranía de la opinión mayoritaria, más opresiva que las leyes porque penetra el alma. En nuestra democracia, esa tiranía opera a través de las redes, donde cada like y cada unfollow funcionan como purga perpetua. Conservar el cuadro de Jacanamijoy en ese entorno es, pues, una declaración de independencia. No hace a De la Espriella más moderado de lo que es; no borra sus diferencias con el pintor ni con Cepeda. Pero establece que hay algo en el mundo —la belleza, el oficio, la tradición— que merece respeto previo a cualquier clasificación política.
Esto no significa que el arte sea apolítico. Jacanamijoy mismo, con su gesto de apoyo explícico, ha politizado su figura. El error está en creer que esa politización debe ser total, que quien admira su obra debe ahora silenciar esa admiración o convertirla en reprobación. Esa lógica de todo o nada es la que produce los museos vaciados, los libros quemados, las amistades rotas. Es la lógica que, en su versión extrema, justificó en el siglo XX la destrucción del arte “degenerado” y, en versiones más suaves pero no inocuas, produce hoy el boicot cultural como práctica electoral.
Los colombianos debemos preguntarnos si queremos una democracia donde el adversario es también reconocible como persona, o una donde la diferencia ideológica borra toda otra forma de diferencia y de reconocimiento. La respuesta no es fácil. Exige admitir que podemos estar equivocados, que nuestras certezas no agotan la realidad, que el otro —aun el otro que vota por quien combatimos— puede tener razón en algo, o simplemente puede ser excepcional en algo. De la Espriella, con su cuadro, no resuelve el dilema. Solo lo plantea con elegancia. Y en tiempos de ruido, plantear con elegancia ya es una forma de resistencia.