¿Existe algún límite ético que el poder político no pueda transitar, o basta con esperar el ciclo electoral adecuado para que el olvido colectivo haga su trabajo? La pregunta no es retórica. La columna de María Jimena Duzán en Cambio sobre el resurgimiento de Carlos Alonso Lucio como “arquitecto de un arca de Noé” para el gobierno de Abelardo de la Espriella nos obliga a confrontarla con la seriedad que merece.
Duzán documenta un fenómeno que Tocqueville habría reconocido con inquietud: la capacidad de las democracias para legitimar, mediante el fervor religioso o el entusiasmo popular, lo que la razón institucional debería filtrar. Lucio, condenado por estafa, prófugo de la justicia, vinculado a episodios oscuros del paramilitarismo y de la corrupción política —desde la defensa del proceso 8.000 hasta sus relaciones con los Rodríguez Orejuela—, reaparece ahora como portador de una “instrucción divina” para refundar el país. La ironía, que preferimos a la caricatura, es que esta refundación parece prescindir de la Constitución: según el propio discurso de Lucio, las normas de la “Patria Milagro” surgirían de arriba hacia abajo, no del pacto fundacional de 1991.
La tensión central no es meramente biográfica. No se trata solo de si Lucio merece o no una segunda oportunidad personal. Se trata de si una democracia puede permitirse, sin costos institucionales severos, que quienes han socavado repetidamente el Estado de derecho se conviertan en sus intérpretes autorizados. Hannah Arendt, en Los orígenes del totalitarismo, advirtió sobre el peligro de permitir que la esfera privada de la conciencia —en este caso, la conversión religiosa— se erija en substituto de la responsabilidad pública. La fe, escribió, se vuelce en fanatismo cuando se utiliza como “parapeto para limpiar hojas de vida”.
Duzán recupera una columna suya de 2016, cuando Lucio y su esposa Viviane Morales impulsaron un referendo contra la adopción por parejas del mismo sexo. Allí ya denunciaba el mecanismo: la defensa de la “moral cristiana” como plataforma política, el uso de los niños como “anzuelo” para cooptar votos, la ambición presidencial tras bambalinas. Lo que entonces fue una operación de reencauche parcial —un referendo fallido, una candidatura frustrada— hoy adquiere dimensión sistémica. Lucio no solo tendría, según los rumores que el presidente electo no confirma pero tampoco desmiente, a su esposa en el Ministerio de Educación. Sería, además, el encargado de elaborar el “nuevo relato de país”.
Aquí debemos ser precisos, como lo exige nuestra línea editorial. No condenamos la conversión religiosa de nadie. No despreciamos la fe como experiencia personal. Pero sí distinguimos, con Popper, entre la sociedad abierta —donde los argumentos se someten a escrutinio público— y la sociedad cerrada, donde la autoridad se invoca por designio divino o por amistad presidencial. El problema no es que Lucio sea creyente. Es que su creyencia funciona como inmunidad institucional: ningún fiscal lo interrogó por sus relaciones con los Nule o los Moreno, por su paso por Ralito, por su intervención en procesos judiciales cuando Morales dirigía la Fiscalía.
La oposición, por cierto, no sale bien parada de este espejo. Durante años, sectores del uribismo y del centro demócrata también instrumentalizaron figuras cuestionadas, también confundieron lealtad partidaria con mérito republicano. La crítica a Lucio no es un cheque en blanco para quienes ahora se escandalizan pero antes callaron. Nuestra tarea es documentar, no pontificar.
Sin embargo, hay algo específico en el caso que amerita atención. El gobierno entrante promete, según sus propias palabras, una transformación profunda del Estado. Promete, también, respetar la separación de poderes y la independencia judicial. ¿Cómo conciliar esa promesa con la centralización del relato nacional en manos de alguien cuyo historial documentado incluye la interferencia en procesos fiscales y la fuga de la justicia? ¿Cómo construir un arca de salvación con quienes han demostrado, mutatis mutandis, mayor aptitud para el naufragio institucional?
Duzán cierra con una advertencia bíblica que no compartimos en su literalidad pero sí en su espíritu: según cierta tradición rabínica, Noé fue castrado por su hijo Cam tras salvarlo del diluvio. La metáfora sugiere que quienes construyen refugios autoritarios para los demás terminan vulnerables en su propia estructura de poder. La lección, si la hay, no es teológica sino política: ningún arca sobrevive si sus tablones son la impunidad, su timón la obediencia ciega y su mapa estelar la conveniencia del momento.
Los colombianos debemos preguntarnos, sin prisa pero sin pausa, si estamos dispuestos a navegar en esa embarcación. La respuesta, como suele ocurrir en democracia, dependerá menos de los milagros que invoquen los poderosos que de la vigilancia que ejerzamos los ciudadanos.