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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Cultura política · Análisis · 19 jul 2026

¿Puede la política colombiana aprender algo de una décima sobre boñiga?

María Cristina Lamus narra con humor una peripecia cotidiana. En su aparente levedad hay una lección sobre la dignidad del ciudadano común.

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¿Puede la política colombiana aprender algo de una décima sobre boñiga? — Cultura política, ilustración editorial

¿Qué queda de la política cuando la ciudadanía se reduce a soportar, en silencio, la suciedad que otros dejan en su camino?

Esta semana, María Cristina Lamus —MacLamus para quienes la leemos con devoción— publicó en Los Danieles una décima que, a primera vista, no merecería la atención de quienes nos ocupamos de asuntos públicos. Narraba los avatares de un zapato untado en boñiga canina, una llave perdida entre medias y calzones, y el remedio de Google para el olor: el congelador. Mister Bean, advertía ella misma. Y sin embargo.

Sin embargo, la lectura política de esta pieza —mutatis mutandis— resulta casi inevitable para quien, como Tocqueville, cree que la democracia se juega en los gestos menudos de la vida cotidiana. La protagonista de la décima no es una víctima pasiva: acude puntual a sus exámenes, sigue instrucciones, limpia lo que otro ensució, busca soluciones. Es, en términos de Arendt, alguien que actúa dentro de lo que la contingencia le impone. No exige que el Estado la rescate de la boñiga; simplemente resuelve, avergüzada pero funcional. Este civismo silencioso es la base invisible sobre la cual descansa toda res publica digna de tal nombre.

Pero hay una segunda lectura, menos edificante. La ciudad que Lamus renegó en el camino de regreso —“los perros, la suciedad, de sus dueños, que aviesos, permiten estos tropiezos”— es la misma ciudad donde miles de colombianos caminan diariamente por andenes convertidos en letrinas al aire libre. El problema no es la ausencia de normas; es la ausencia de phronesis, de prudencia cívica, en quienes ejercen libertades sin reconocer límites. Aquí el liberalismo clásico tiene algo que decir: la libertad de uno termina donde comienza el zapato del otro, parafraseando a un filósofo más conocido por otras fórmulas.

La décima contiene, además, una metáfora involuntaria sobre el Estado colombiano actual. La llave perdida que aparece en el cuerpo de la paciente —“entre el calzón y la media”— tiene algo del absurdo institucional que habitamos. Buscamos afuera lo que está adentro, atribuimos a conspiraciones lo que es simple descuido, y cuando finalmente hallamos la solución, resulta que la teníamos encima desde el principio. La diferencia es que en la décima la auxiliar descubre la llave con tono suave; en nuestra realidad institucional, quien señala lo evidente suele hacerlo con la agresividad de quien necesita enemigos para existir.

¿Por qué leer políticamente una décima sobre boñiga? Porque Popper tenía razón: la sociedad abierta se defiende en la capacidad de sus ciudadanos para reírse de sí mismos sin perder la dignidad, para denunciar lo inadmisible sin convertirse en víctimas profesionales, para buscar en Google remedios exprés cuando el aparato estatal no alcanza. MacLamus no escribió un panfleto; escribió una ethopoeia —un retrato de carácter— del bogotano que aún cree que la ciudad puede ser impecable, espaciosa, agradable, aunque la evidencia diaria se empeñe en lo contrario.

La pregunta que deja esta lectura no es si recogerán la boñiga. Es si todavía existe en nuestra política espacio para la voz de quienes, como la protagonista de la décima, no piden subsidios ni revanchas, sino simplemente que no les ensucien el zapato. Que la llave aparezca donde debe estar. Que el congelador, en última instancia, sea opción y no necesidad.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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