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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 19 jun 2026

¿Puede un algoritmo predecir el alma del fútbol?

La IA asigna probabilidades al Turquía-Paraguay, pero el deporte resiste la matematización de lo impredecible.

¿Puede un algoritmo predecir el alma del fútbol? — Deportes, ilustración editorial

¿Qué queda del fútbol cuando una inteligencia artificial calcula que Turquía vencerá a Paraguay con cuarenta y un por ciento de probabilidad, el empate con treinta, y la derrota turca con el resto? La pregunta no es sobre la precisión del modelo, sino sobre lo que perdemos cuando transformamos el encuentro deportivo en una serie de variables independientes.

Los colombianos debemos reconocer algo incómodo: somos, al mismo tiempo, herederos de una pasión futbolística irracional y consumidores ávidos de datos predictivos. No hay contradicción aparente. Pero sí hay una tensión que merece examinarse. El deporte moderno nació en el siglo XIX como res publica de las ciudades industriales: reglas claras, árbitro neutral, resultado incierto. Esa incertidumbre era su alma democrática. Tocqueville, al observar las asociaciones voluntarias en la América joven, no incluyó los estadios, pero habría reconocido en ellos la escuela de la paciencia colectiva. Lo que ocurre en noventa minutos no puede reducirse a una distribución de probabilidades sin que algo esencial se resquebraje.

El modelo citado por La República no es inocente. No predice el futuro; produce un futuro deseable para quienes apuestan, programan o venden contenido. Popper, en La sociedad abierta y sus enemigos, advertía contra el historicismo: la pretensión de conocer el curso inevitable de los acontecimientos. Mutatis mutandis, la predicción algorítmica del fútbol es una forma domesticada de esa misma tentación. No dice “esto ocurrirá”, sino “esto ocurrirá con cierta frecuencia en un universo de simulaciones”. El matiz técnico no elimina el efecto cultural: el espectador llega al partido ya condicionado, ya resignado o ya embriagado de una expectativa que no surgió de su propia experiencia.

Paraguay, por cierto, llega a este hipotético encuentro con una historia de resistencia que ningún algoritmo puede ponderar. La albirroja de 1930, la de los López, la de los campos de fútbol improvisados en los barrios de Asunción: eso no cabe en los datos de entrenamiento. Turquía, por su parte, lleva décadas oscilando entre la frustración continental y destellos de genio colectivo. El empate uno a uno que la IA considera probable con treinta por ciento de chances es, para el aficionado, una posibilidad entre muchas, no una cifra a la que aferrarse.

Arendt, en La condición humana, distinguía entre labor, work y action. El deporte, en su vertiente más noble, pertenece a la action: aparece entre los hombres, es irreversible, revela al agente en su singularidad. La predicción algorítmica lo arrastra hacia la labor, hacia la repetición previsible, hacia el cálculo. No es que debamos rechazar la tecnología; es que debemos resistir su colonización total del sentido.

El gobierno colombiano, por cierto, no tiene nada que ver aquí. Pero sí la cultura institucional que defendemos en La Bitácora. Un Estado de derecho sólido protege también los espacios donde la incertidumbre humana no ha sido patentada. El fútbol, en su imprevisibilidad, es uno de esos espacios —o lo era.

La próxima vez que un algoritmo nos diga que Paraguay empatará uno a uno con Turquía, quizás deberíamos preguntarnos no si acertará, sino qué versión de nosotros mismos estamos construyendo al creer que la pregunta importa.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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