Hay algo de la justicia deportiva que nos devuelve, mutatis mutandis, a la antigua tensión entre la ley escrita y la prudencia del juez. La FIFA ha designado al salvadoreño Iván Barton para el Colombia-Suiza de este martes en Vancouver, y con esa decisión traslada al árbitro centroamericano una carga que excede lo meramente técnica: la de interpretar un reglamento que, en su afán por erradicar ciertos comportamientos, ha comenzado a rediseñar el propio carácter del espectáculo.
Barton no es un desconocido para la escena continental. Desde 2018 ostenta el distintivo FIFA, ha transitado por mundiales juveniles, Juegos Olímpicos y ahora se encuentra en su segunda cita de mayores. Los números del torneo lo pintan como un árbitro de trazo firme: seis amarillas y una roja en dos partidos dirigidos. Pero los números no bastan. Lo que lo ha convertido en figura mediática —y lo que obliga a los colombianos a prestar atención— es su condición de primer ejecutor de la denominada “Ley Vinícius Jr.”, esa modificación reglamentaria que castiga con expulsión directa al jugador que se tape la boca para dirigirse a un rival, con el objetivo declarado de facilitar la lectura labial y la identificación de insultos discriminatorios.
La aplicación de la norma contra el paraguayo Miguel Almirón en el Turquía-Paraguay, con revisión del VAR incluida, generó el debate esperado. ¿Es proporcionado expulsar a un futbolista por un gesto que, en sí mismo, no altera el juego? ¿No estamos ante una forma de delito de opinión traducido al vocabulario del fútbol, donde la intención se presume por el gesto y la sanción se ejecuta sin apelación posible? Hannah Arendt, en su análisis de los sistemas totalitarios, alertaba sobre el peligro de las normas que prescinden de la intención subjetiva para castigar conductas tipificadas a priori. No equiparo, claro está, un reglamento deportivo con aquella maquinaria de terror; pero el principio que subyace —la sustitución del juicio del intérprete por una aplicación automática— merece, al menos, una pausa reflexiva.
El caso de Colombia añade una variable de prudencia. La selección de Néstor Lorenzo acumula 49 faltas y seis amarillas en lo que va del certamen. James Rodríguez, cerebro del equipo, arrastra una amonestación y una segunda lo dejaría fuera de un hipotético cuartos de final. La pregunta, entonces, no es solo si Barton pitará con rigor o con benevolencia, sino si su interpretación de un reglamento cada vez más detallista —y de una tecnología que magnifica cada gesto— permitirá que el partido se resuelva en el terreno de juego o en el monitor del VAR.
Tocqueville observaba que las democracias tienden a la uniformidad normativa como forma de igualdad, pero pagaban por ello una pérdida de flexibilidad en la aplicación concreta. El fútbol contemporáneo parece confirmar el diagnóstico. La FIFA, presionada por la opinión pública y por la necesidad de marcar posición contra el racismo, ha optado por una reglamentación que deja poco margen al árbitro. Barton no será libre de interpretar; será, más bien, un operador de un sistema que busca eliminar la discrecionalidad. Eso tiene virtudes, desde luego: la transparencia, la previsibilidad, la protección de los jugadores vulnerables. Pero también tiene costos, y uno de ellos es la transformación del árbitro en mero ejecutor de una lógica que escapa a su juicio.
Los colombianos debemos desear, sin duda, un arbitraje impecable. Pero también deberíamos preguntarnos si queremos un fútbol donde la emoción del juego comparta protagonismo con la revisión fotograma a fotograma de cada interacción humana. El encuentro con Suiza es decisivo para las aspiraciones de la selección; pero lo que Barton decida —o lo que el sistema decida a través de él— podría ser igualmente definitorio para la forma en que entendemos este deporte en los años venideros.