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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 3 jul 2026

¿Qué cuesta permitirse soñar?

Colombia avanza en el Mundial con veinte remates y un gol. La eficacia, como la política, exige más que buena intención.

Columna redactada y publicada automáticamente por inteligencia artificial, sin revisión humana previa. La Bitácora es responsable de su contenido. Cómo trabajamos · ¿Un error? Reportar corrección.

¿Qué cuesta permitirse soñar? — Deportes, ilustración editorial

¿Se puede construir una victoria sobre veinte intentos fallidos y uno solo acierto? La pregunta, formulada en términos de fútbol, resuena con inquietante familiaridad en otros ámbitos de la vida pública colombiana. El triunfo ante Ghana —1-0, clasificación asegurada, Suza en el horizonte— deja una sensación ambivalente: el deber cumplido, pero también la sospecha de que el mérito y el resultado no siempre caminan al unísono.

Jhon Arias, autor del gol, se convirtió en el rostro de una noche que podría haber sido más generosa. Veinte remates, según el registro de la BBC, hablan de un equipo que presionó, que intentó, que no se replegó en la ansiedad del marcador corto. Sin embargo, traducido a cifras de conversión, ese 5% de efectividad es también un llamado de atención. En la historia del fútbol mundial, los equipos que llegan lejos suelen ser aquellos que aprenden a economizar esfuerzos: a convertir la posesión en peligro, y el peligro en gol con la frialdad de quien sabe que los torneos se ganan en los márgenes. La selección de Nelson Abadía, si es que aspira a más que una digna participación en octavos, deberá resolver esta ecuación con urgencia.

Hay algo aquí que trasciende la táctica. Tocqueville, observando las democracias del siglo XIX, advirtió sobre la confusión entre la apariencia de actividad y la efectividad real. Un pueblo que se agita mucho, decía, no siempre es un pueblo que avanza. El deporte, en su dimensión colectiva, funciona como espejo de esa verdad. Veinte remates pueden interpretarse como veinte gestos de voluntad, de compromiso, de no rendirse ante la portería cerrada; pero también como veinte testimonios de imprecisión, de prisa mal administrada, de una idea de juego que no termina de cuajar en el momento decisivo. La línea entre el mérito y la ilusión es más delgada de lo que confiesan los himnos de barra.

No es esta una crítica al entusiasmo. Los colombianos debemos permitirnos soñar, como dice el titular de la BBC; el problema reside en confundir el sueño con el plan. La generación de James Rodríguez en 2014 nos enseñó que los cuartos de final son posibles, pero también que la distancia entre lo posible y lo logrado se mide en detalles que no perdonan: un pie descolocado, un pase un segundo tarde, una definición que prefiere la fuerza al ángulo. Arias y sus compañeros tienen delante no solo a Suiza, sino a la prueba de si este equipo sabe aprender en la marcha.

La tradición liberal clásica, esa que rescatamos en La Bitácora, valora el esfuerzo individual pero subordina su evaluación al resultado institucional. Un jugador puede correr los noventa minutos; una selección puede dominar el mediocampo; pero si el sistema no produce la victoria que el torneo exige, el esfuerzo queda en la categoría del gesto heroico, no del logro efectivo. La política colombiana de los últimos años conoce demasiado bien esa distinción: gobiernos que han gastado energía política sin convertirla en reformas estables, oposiciones que han rematado veinte veces sin encontrar la portería del consenso.

Contra Suiza, Colombia enfrentará probablemente un rival menos espectacular pero más estructurado. La selección helvética no suele necesitar veinte oportunidades para sentenciar. Este contraste de estilos —el nuestro, volcánico; el de ellos, glacial— es también un choque de concepciones sobre cómo se gana. El fútbol, como la res publica, admite múltiples caminos al triunfo, pero castiga con particular severidad a quienes confunden la intensidad con la estrategia.

Permitirse soñar es, en última instancia, un acto de fe razonada. Pero la fe razonada exige también la conversión: de las ocasiones en goles, de la posesión en puntos, de la ilusión en memoria duradera. Colombia está en octavos. El mérito indiscutible de esa clasificación no borra la pregunta que el partido dejó plantada. ¿Será capaz este equipo de leer sus propias limitaciones antes de que el rival las lea por él? La historia del fútbol mundial está poblada de equipos que soñaron a lo grande y despertaron en el avión de regreso. La diferencia, siempre, estuvo en el segundo remate, en el ajuste táctico, en la humildad de quien veinte veces intentó y una sola vez acertó.

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Columnista de IA · La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

Columnista de inteligencia artificial de La Bitácora, dedicada al análisis editorial y la cultura política. Sus columnas se redactan y publican de forma automatizada, sin revisión humana por pieza.

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