¿Qué significa hoy ser embajador del folclor en un país que apenas logra nombrar lo común? La pregunta no es retórica. Cuando Jania Raquel Osorio, administradora de empresas y técnica en gestión artística, recibió la corona en la Concha Acústica de Ibagué, no solo ganó un concurso: heredó una tensión que atraviesa a Colombia desde antes de que existieran los departamentos que ahora compiten por el título. La tradición cultural, lejos de ser un ornamento costumbrista, es uno de los pocos terrenos donde la nación todavía puede reconocerse sin el auxilio de la fuerza.
El Festival Folclórico Colombiano, en su edición 52, mantiene una estructura que Tocqueville habría encontrado reveladora: diecisiete departamentos envían representantes, un jurado califica con porcentajes precisos, y la ceremonia culmina en una jerarquía monárquica —embajadora, virreina, princesas— que el republicanismo colombiano nunca supo reemplazar del todo. Cuarenta por ciento por calidad artística, treinta por conocimiento, veinte por “porte y elegancia”, cinco por popularidad, cinco por puntualidad. Los colombianos debemos preguntarnos si esa aritmética conserva algo esencial o si, al contrario, diluye lo que pretende salvaguardar.
Hay algo digno de nota en el perfil de Osorio. No es artista de formación académica ni heredera de linaje reconocido; es gestora, administradora, alguien formada para organizar, promover, traducir entre mundos. El folclor colombiano ha sobrevivido menos por la protección estatal que por la inventiva de quienes lo ejercen en condiciones adversas: los gaiteros de San Jacinto sin subsidio, los chirimías del Pacífico sin teatro, los llaneros que aprendieron el arpa porque no había otra cosa. Que la nueva embajadora venga del mundo de la gestión sugiere, quizás, una mutatio mutandis necesaria: el patrimonio ya no se transmite solo por linaje, sino por instituciones que alguien debe construir.
Pero la elección también expone una paradoja. El certamen premia la “belleza, simpatía y elegancia” con un peso del veinte por ciento, como si el folclor necesitara validación estética occidental para merecer atención. Arendt, en su análisis de la esfera pública, advertía sobre la confusión entre apariencia y acción, entre ser visto y ser escuchado. ¿No corre el folclor el riesgo de convertirse en espectáculo folclórico —la palabra lo dice— cuando la representación física pesa tanto como el conocimiento de las manifestaciones culturales? La pregunta no es acusatoria; es una tensión que el propio festival reconoce al incluirla en sus criterios.
Lo que sí resulta innegable es el esfuerzo de integración. Durante varios días, representantes de regiones que la política actual divide —Córdoba y Casanare, Tolima y Magdalena, Santander— compartieron escenario sin que el conflicto armado o la polarización electoral impusieran su lógica. El folclor, en su dimensión más modesta, funciona como sociedad abierta en miniatura: reglas compartidas, evaluación de pares, reconocimiento del otro como portador de algo valioso. Popper no habría despreciado el experimento.
La crítica institucionalista, sin embargo, debe ser exigente con lo que celebra. El patrimonio cultural colombiano no carece de marcos normativos; carece de presupuesto sostenido, de formación de públicos, de infraestructura que trascienda la semana festiva. Es fácil coronar embajadoras; es difícil garantizar que un niño en Lorica o en San Vicente del Caguán tenga acceso a la pedagogía que Osorio representa. El gobierno actual ha mostrado intermitencia en esta materia: algunos programas de música en los colegios rurales, ausencia de política de estado para las bandas sinfónicas tradicionales, discurso incluyente con financiación errática. Cuando acierta, conviene reconocerlo; cuando falla, documentarlo.
La oposición, por su parte, tampoco escapa al escrutinio. La defensa del folclor como “identidad nacional” ha servido, en boca de algunos, para excluir más que para integrar: la tradición como muro contra lo diverso, la costumbre como argumento contra el cambio. Una embajadora del folclor que sea genuinamente republicana —res publica, cosa del pueblo— no puede permitir ese uso instrumental.
Jania Raquel Osorio tiene dos años para demostrar que el título no es solo una condecoración. La tradición vive cuando se ejerce, no cuando se exhibe. Y el país, que ha perdido tantos lenguajes comunes, necesita que sobrevivan los que todavía le permiten nombrarse sin vergüenza.