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La Bitácora

Opinión, ensayo y memoria política

Deportes · Análisis · 16 jun 2026

¿Qué enseñan los seis debuts de Colombia sobre el peso de la expectativa?

La historia de los estrenos tricolores en el Mundial revela una paradoja: el entusiasmo excesivo suele ser más peligroso que la ausencia de favoritismo.

¿Qué enseñan los seis debuts de Colombia sobre el peso de la expectativa? — Deportes, ilustración editorial

¿Por qué algunas selecciones juegan mejor sin presión que con ella? La pregunta, que Tocqueville habría reconocido como propia de las democracias donde la opinión pública se erige en tribunal sin apelación, adquiere relieve particular cuando se examina el historial de debut de Colombia en los Mundiales. Seis partidos, seis historias distintas, y una lección recurrente que la Tricolor parece condenada a releer cada cuatro años.

El debut, en el fútbol como en la política, es un acto de fundación. Chile 1962 encontró a una Colombia absolutamente novata, sin peso alguno de la expectativa, capaz de ponerse en ventaja ante la bicampeona Uruguay antes de ceder ante la superioridad física y la experiencia charrúa. Francisco Zuluaga convirtió de pena máxima el primer gol de la historia mundialista del país; el resultado final, 2-1, fue honorable para quien llegaba sin presión alguna. La ausencia de demanda social funcionó, en aquel caso, como atmósfera propicia.

Veintiocho años después, Italia 1990 representó el regreso tras larga ausencia, pero también la consolidación de una generación que sabía su valor. Carlos Valderrama, Francisco Maturana, una idea de juego: Colombia impuso condiciones ante Emiratos Árabes Unidos y ganó 2-0 con la naturalidad de quien no necesita demostrar lo que ya posee. El favoritismo, aquí, estaba contenido por la propia autoridad del grupo. No era necesario gritar que se era mejor; bastaba con serlo.

El verdadero quiebre llega en Estados Unidos 1994. Colombia arribó como una de las selecciones más aclamadas del torneo, con un juego que había seducido a la prensa internacional y una expectativa interna que confundió ilusión con derecho adquirido. El ambiente enrarecido —la presencia del cartel de Cali en la concentración, la falta de rigor profesional— era síntoma de una enfermedad más profunda: la creencia de que el talento prescinde de la disciplina. La derrota 3-1 ante Rumania en el Rose Bowl, ante más de noventa mil espectadores, inauguró una participación traumática que culminaría, semanas después, en el asesinato de Andrés Escobar. Hannah Arendt, en su análisis del totalitarismo, advertía sobre la lógica de las masas que destruyen lo que antes exaltaron; la violencia posterior al autogol de Escobar no fue, en su estructura, ajena a esa dinámica de idealización y sacrificio.

Francia 1998 repitió la fórmula del fracaso desde otra entrada: una generación envejecida, sin la profundidad de 1994, que intentó competir con los recuerdos de sí misma. La derrota 1-0 ante Rumania, otra vez, expuso la dificultad colombiana para reconstruirse cuando el ciclo ha concluido. La expulsión de Faustino Asprilla del plantel tras declaraciones polémicas reveló, además, una fractura de autoridad que el técnico Hernán Darío Gómez no supo contener.

El contraste con Brasil 2014 resulta elocuente. Dieciséis años de ausencia habían purgado la soberbia; una generación brillante pero sin la carga de haber sido proclamada antes de jugar, encontró en el Mineirão de Belo Horizonte el escenario para su mejor debut: 3-0 a Grecia, con el gol más rápido de la historia tricolor en Mundiales. James Rodríguez, Juan Guillermo Cuadrado, una estructura colectiva que no dependía de un solo nombre —la ausencia de Radamel Falcao, lesionado, no fue excusa sino estímulo—: el equipo funcionó como res publica, donde la suma superaba cualquier individualidad.

Rusia 2018, finalmente, restituyó la paradoja. Llegada como favorita del Grupo H, Colombia encontró en los primeros tres minutos una expulsión de Carlos Sánchez y una derrota 1-2 ante Japón que obligó a remontar el torneo desde la adversidad. El favoritismo, una vez más, había operado como trampa psicológica.

¿Qué sugiere este patrón para el debut ante Uzbekistán en Ciudad de México? No que Colombia deba renunciar a su condición de favorita, sino que debe entenderla correctamente: el favoritismo es una descripción del pasado, no una garantía del futuro. Karl Popper, en su defensa de la sociedad abierta, distinguía entre la profecía histórica y la predicción científica; la primera pretende conocer el destino, la segunda solo puede formular conjeturas sometidas a prueba. Aplicado al fútbol: ser favorita significa que los antecedentes favorecen, no que el resultado está escrito.

Néstor Lorenzo hereda, con esta selección, la oportunidad de romper el ciclo. La generación que lidera Luis Díaz llega sin la carga de 1994 ni la euforia de 2014; su rasgo distintivo es la consistencia, no el fulgor espectacular. Quizá esa sea, precisamente, la condición para que el séptimo debut sea también el primero en escapar a la lógica de la expectativa cumplida o traicionada.

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Columnista de La Bitácora

Mauricio Vélez Camargo

54 años, Bogotá. Derecho Universidad Nacional, filosofía política en la Javeriana, máster Complutense de Madrid. 15 años en medios colombianos y europeos.

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